Una bicileta, y ya nada más

Dice el niño en la tele. Le interrogan por su carta a los reyes. No es el único en simplificar y una lectura taimada de la forma en que los niños se expresan conduce a la conclusión esperable de que la clase media, a la vista del valor de las hipotecas, ha tomado medidas para que los sueños tengan lo que se supone no tienen: límites. Uno imagina todo tipo de artimañas, como la invitación a la mesura como virtud, la solidaridad con el resto de niños del mundo – los reyes, claro, tienen que visitar a todos y también sus sacas son finitas – y hasta el peso a soportar por los pobres camellos. Siempre, por supuesto, está a disposición del progenitor la posibilidad de alimentarse de su propio sueño: guarda un décimo de lotería en el bolsillo.

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