"¿Cómo? ¿Hemingway nunca corrió?"

Pero sales de Irak con el pelo rapado y una chapa de los marines y vas a encontrarte contigo mismo a la calle Mercaderes, “de repente, se sintió en una especie de encrucijada en su relativamente corta vida”. Ah, el valor, el miedo: “no conseguía reconciliarse consigo mismo por el desfallecimiento de ánimo del que se acusaba”. Y, en eso, se le aparece el nieto de Hemingway. Eso es una aparición y lo demás es tontería: “me presenté”, “le dije que, con independencia de cuál hubiera sido el colofón de su carrera, sólo por haber tomado la decisión de haberse apartado del peligro ya había pasado por algo que mi abuelo no experimentó jamás”. Las leyendas, que tienen la manía de terminar decepcionando.

Siempre hay tiempo para la redención: “Le recordé, sin embargo, que, por mucho miedo que hubiera experimentado y por avergonzado que se hubiera quedado, mañana sería otro día y los toros volverían a salir otra vez”. La fragilidad, que parece ser lo único verdadero: “¿Cómo era posible, pensé yo, que alguien como él, que hacía aquello para ganarse la vida, sintiera pánico ante los toros?”. Estimado John Hemingway: no hiera el sentimiento de un pueblo, un Miura, siempre será un Miura.

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