Apuntes para la formación del perfecto objetor fiscal (XI)

Suelen reiterar los señores y señoras cineastas en lo que parece la defensa última del sistema cuando se alcanza el momento de reconocer su abuso e inutilidad, que no son únicamente las señoras y señores cineastas los que reciben subvenciones, que toooooodo el mundo las tiene. A saber: agricultores y fabricantes de coches. Es decir, que no hay canallada ni privilegio, especialmente porque las suyas de ellos, ay, no son tan abundantes comparativamente. En eso tienen razón. Y, con ello, pues se hacen una vida.

Los señores mineros explican exactamente lo mismo. Los papeles dicen que por cada minero los pagadores de impuestos ponen doscientos mil – exactamente – euros al año, pero que a su sueldo sólo llegan la décima parte.

Testimonio 1, el minero:

Merillas, como otros lacianiegos, no ve distintas las ayudas mineras a las de otros sectores. «Las que dan a Renault o a Opel son más y nadie dice nada… Y también reciben subvenciones los agricultores y no sé cuántos sectores más», pone de manifiesto con énfasis.

Testimonio 2, el diario:

Así, los mineros con más antigüedad perciben, como mucho, el 20% de los 204.000 euros de gasto por trabajador que destina el Estado a mantener esta industria. Fijando una media de 35.000 euros brutos al año, la nómina de los 8.000 mineros en activo cuesta sólo 280 millones. ¿Qué pasa con los restantes 1.354 millones en ayudas que este año llegarán a las cuencas? ¿A qué se destina tan descomunal cantidad de dinero en zonas tan marcadamente despobladas? Ésa es la pregunta que se hacen los propios mineros, las compañías eléctricas y los analistas.

Testimonio 3, el minero:

Pero, explica, «aquí es lo que hay y muchos amigos ni tienen trabajo». «Los salarios no son el copón, pero sin esto, habría tenido que marcharme de aquí: a quien diga que ganamos mucho lo meto yo a trabajar un día conmigo», concluye.

Testimonio 4, un inglés suelto por España:

Lo curioso es que muchos de los hijos de aquellos mineros británicos, tan apegados como estaban a sus pozos hasta que Thatcher los cerró uno tras otro, están volcados ahora en trabajos que tienen que ver con tecnología punta. Es el caso del sur de Gales, que tenía una legendaria cultura minera y conserva sus orfeones y bandas musicales. Ahí se ha conseguido una ejemplar reconversión industrial. Sin embargo, visitando hace pocos años la cuenca donde estuve hace tantos me chocó comprobar que se vivía con la nostalgia de lo que nunca, en el fondo, se apreció. Me di de bruces con la nefasta cultura de la subvención y del mínimo esfuerzo.

Testimonio personal: todos creen que lo suyo es válido porque los demás tienen lo mismo. Pero no parecen creer que sea porque es bueno, sólo por lo que si llamo comodidad seré vilipendiado y si llamo inmovilismo insultado por insensible: la incapacidad de cambiar su vida, la marcha a un nuevo vecindario como una condena y no como una búsqueda del progreso y la soberanía personal. Nadie, tampoco, tomará en cuenta que hay otros que ni somos cineastas, ni agricultores ni mineros, que tampoco montamos piezas de vehículos y también queremos un destino a salvo del destino.

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