Mozart, el bucanero

José Miguel escruta las letras y tiene un radar: no se le escapa el dedo de Enric González arañando la tumba del compositor muerto para extraer sus tibias y su calavera. Todos tenemos un Jolly Roger dentro, sospecho. Casi seguro que la ministra compasiva con el destino miserable de Wolfgang Amadeus también lo tiene y alguien debería escudriñar, sin por supuesto romper la inviolabilidad de su domicilio y sus comunicaciones privadas, si tiene cassetes grabadas con discos que no compró o si en su ordenador personal aparece alguna cosilla no adquirida. Por un descuido, se entiende.

No es mucho pedir, de paso, que los próceres de la nación en su versión ministro (si quieren, también con a: ministro/a) tuvieran un mínimo conocimiento de las cosas que dicen, especialmente siendo personas de cultura reconocida – es guionista, vive dios – y teniendo una galería de asesores que pago yo – es ministra, pardiez. Al sacar la tierra del agujero donde yace el autor del réquiem más famoso, tropezamos con sus tibias cruzadas:

Mozart visitó Roma y acudió a la Capilla Sixtina, donde escuchó el Miserere. A la salida, de memoria, reprodujo con exactitud la partitura. Regresó unos días después para corregir algunos detalles y al cabo de poco tiempo regaló su copia al historiador británico Charles Burney, quien en 1771 la publicó en Londres.Si hablamos de piratería musical y de sus posibles ventajas (el Miserere se difundió rápidamente por Europa), no podemos encontrar mejor ejemplo.

Una de las mayores estafas deliberadas de nuestro tiempo esgrimidas, además, por los presuntos defensores de la cultura, consiste en ignorar que toda obra está destinada al dominio público: resulta ser y parece que nadie lo niega, que la difusión del conocimiento mejora al conjunto de la sociedad sin que perjudique al creador.

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