No estaba en casa cuando llegó la historia. Bueno, la Historia

El día en que los alemanes del este cogieron el coche y se fueron al oeste de vacaciones a comprar neveras y coca-cola. De toda la vida que (me) he dicho que no se ha asimilado en toda su dimensión lo que supone el que abras una puerta y la gente se te vaya. Como un teatro en el que no gustara la interpretación y que nadie esperara a que encendieran las luces para marcharse, sin bises ni aplausos, por aquello de la educación. Palabra abandonada en la boca.

Tiene la narración ese tono propio de la mirada británica que insiste en ser demoledoramente fiel a la desnudez de los hechos (¿la objetividad?) al tiempo que quedan irremediablemente valorados en una especie de nirvana de la verdad. El comunismo se moría y Köhl estaba de parranda:

..the fall of the Berlin Wall was surprisingly accidental. When 200,000 East Germans took advantage of Hungary’s decision to open its borders and fled to the West, their communist government decided to modify the travel restrictions that imprisoned them. Asked about the timing, the unbriefed propaganda minister mumbled: “As far as I know, effective immediately.” When that was reported on television, the Berliners were off. Baffled border guards who would have shot their “comrades” a week earlier let the crowd through—and a barrier that had divided the world was soon being gleefully dismantled. West Germany’s chancellor, Helmut Kohl, was so unready for history that he was out of the country.

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