Caras de niño

Una nueva obsesión aparece en mi vida. Una obsesión que se da mucho más con las caras de los ejecutivos de altísima condición y con los abogados más selectos y reclamados. Tanto en la prensa como en la cercanía (alguna cercanía de vez en cuando). La obsesión es que, de repente, me pregunto si entre sus miradas y el movimiento de sus caras, sus arrugas, facciones y gestos, está escondida la cara que tenían de niños. Uno, que no es tan original, se pregunta luego en qué punto reside la melancolía de la infancia perdida. ¿Es una condena universal o sólo un truco literario? Pero mirando bien, es como si estuviera allí, el día en que no sabían ser unos tipos tan seguros e importantes. Los días en que la certeza de su poder, hacer, el arte de interpretar conductas y flotar sobre ellas, no estaba todavía formado. Es algo menos que su Rosebud, porque tu Rosebud, y se supone que todos debiéramos tener uno, es un salto más, un salto al vacío de lo que nunca se tuvo. Y mi obsesión es por el punto intermedio, por encontrar el momento en que la vida empieza a preguntarte cómo salir de la siguiente, no por lo que te dejaste atrás.

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