¿Por qué acaricias un perro y te comes un cerdo?

Una pregunta pertinente. Lo más chocante es que hay gente que sí come perros y gente que no come cerdos. Una sacudida mental que me retrotrae al viejo Marvin Harris, que nos enseñaba a descubrir por qué no comemos, tampoco, caballos ni hormigas. Para asombrarnos después con que sí, comer caballos y hormigas es o ha sido más frecuente de lo esperado. Supongo que las explicaciones harrianas sobre la persecución de las proteínas y bla, bla, bla, servirán de poco a los veganos y vegetarianos irredentos. Harris se murió ya y después de fascinar a todo universitario que se preciara, saber si el cuento era verdad o mentira sigue pendiente. Como la verdad es esquiva, medio verdad o medio mentira. En Viet-Nam me contaron que la carne de perro era un auténtico lujo: quise ir a probarla aunque, sin encontrar quórum a mi alrededor, me entró la flojera. Pero he comido camello: un trozo pequeño y duro.

P.D.: la pegatina estaba justito en la maquinita de secar manos de un bar que ofrecía excelentes canapés de cecina, entre otros. No veo nunca ejemplos similares con atunes.

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