La originalidad apurada

La cinefilia acordó atribuir a los franceses de Cahiers du Cinéma el hallazgo de que los grandes de Hollywood, los Griffith, los Ford, los Hitchcock et al, eran autores y no meros directores. La disquisición autoril, pendiente por supuesto de sus ingresos y no de la legitimización del arte, no dudó en que la ley decidiera quiénes eran los autores de una película, pues optó conceder el don a varios: director, guionista y músico.
Muere un director de arte y el medio por antonomasia no duda en titular su obituario con palabras de esta índole: “autor de las escenas míticas de Hitchcock”. Un autor inesperado que no cobrará del reparto del botín. ¿Quién es autor? Momento coincidente con la preocupación del New York Times por reseñar la pugna de quienes bucean en la honestidad académica de los estudiantes de norteamerica ante la apabullante cantidad de personas que no citan sino pegan sus textos directamente de la web.
Sentencias para el recuerdo: “There’s no such thing as originality anyway, just authenticity.” Afirmación de la feliz adolescente alemana autora de un auténtico éxito sobre la vida nocturna de Berlin y designada como la orgullosa empleadora de párrafos no redactados por ella. La contraparte: “Student writing exhibits some of the same qualities of pastiche that drive other creative endeavors today” y se menciona expresamente al rap, a los programas de televisión y a tantas cosas que hoy se llaman remezcla.
Conocimientos, ideas y barbaridades disponibles ahí, en todo momento para cualquiera: la originalidad como mito se tambalea, la dificultad de agradecer quién inspiró a quién creciente. O a lo mejor no. 

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