Cacheo

El tipo, guapísimo, matonísmo, repleto de gomina y de brazos como mis piernas tras una chaqueta que luego me pregunto si esconde un revolver, no hace más que decirme que suba los brazos. Yo, no entiendo nada. Estoy en la puerta de un bar que se me antoja capaz de darme un sandwich, llueve con una intensidad lo bastante como para pensárselo antes de caminar mucho y, más que hambre, quiero tener algo que hacer. Esencialmente, una toma de contacto.
Estuve en Costa Rica hace quince años y recuerdo una playa singular. El vacío. Una vasca como escondida del mundo tenía un hotel decente semioculto en la semijungla que subía por las laderas tras la arena. Incluso era capaz de tomar el pescado local y darle un toque a la ondarresa que convertía ese lado del orbe en el mejor de los mundos a pesar de la falta de agua caliente y la humedad de las habitaciones. Alguien me dice que, en esa playa, hoy los edificios han crecido por doquier y que el entretenimiento habitual del turismo de masas ha hecho su aparición. No quiero ir a desengañarme: para mi siempre será una carrera por la arena bajo la luna repleta de risas y lágrimas con una ella que ya no es.
Pero el tipo insistía en que levantara los brazos y yo, con mi libro electrónico en la mano y temiendo siempre por un carterista que me quite los billetes de colones que, por prudencia, son los únicos que llevo, sigo sin entender nada. Con energía pero sin displicencia me muestra lo que quiere y voy y lo entiendo: levanto los brazos y me palpa el cuerpo en busca de armas. Se me ha olvidado que, Suiza de América o lo que queramos, después de todo esto es Centroamérica. Y que las rutinas novelescas, pura aventura, que viví a los lejanos veintiséis años en Guatemala, que tanto chocaban a los europeos de calma chicha, aquí siguen: las armas forman parte de la vida. 
Una vez más, como siempre que cruzo el charco, violencia o exceso de lujo aparte – Los Ángeles -, me quedo pensando en que Europa es un museo. A la salida, el matón era pura amabilidad conmigo, deseando verme de nuevo, esa dulzura sudamericana que contrasta con la permanente brusquedad ibérica.

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