El último playboy

El turco tiene una cabellera plateada y aristocrática. Aprendido en carne propia, es capaz de dar consejos a los demás sobre el riesgo del enésimo matrimonio con una mujer no más joven, mucho más joven. El Bentley está en venta, pero todo obedece a una mala decisión de uno de los hijos que, por lo demás, viven del patrimonio del abuelo del primer matrimonio: un capitoste de la Fox.
Santa Bárbara es una especie de Costa Azul pasada por California y su cómoda vida informal. El turco nos sienta en un italiano de aspecto exterior absurdo, trivial diríamos, con la sorpresa de que es dirigido por una mujer hindú. ¿Por qué en España es tan complicado encontrar un sitio que dé el punto de la pasta que dan en este absurdo lugar? El especial del día está hecho con una langosta y una salsa de tomate que no olvidaré.
Los vinos del local proceden de la bodega del turco. Vinos cuidados con curiosas concepciones: la botella de la mesa es la enésima cata del día haciendo que la jornada adquiera toques de redención a la altura de Entre Copas. El turco levanta su vaso con cada nuevo comensal que se sienta en la terraza. Se acerca hasta su mesa y les ofrece probar los vinos saludando con claros síntomas de que no es la primera vez que se saludan. He’s a billionaire, dice al regreso. Quién lo diría, dice la mente del turista ibérico: ¿tanto se ha de parecer un billionaire al mito del techie multimillonario gracias a la bolsa y los capitales de ventura, con sus pantalones cortos y su aire de universitarios eternos?
La siguiente parada incluye el saludo de una mujer madura de aspecto elegantemente clásico. Formal y sonriente, me da la mano incluso a mi. “¿Quién es?”, digo. “Fué Miss America”. Retorno al Bentley a ver las vistas del campo de polo desde la terraza del turco: después de todo, parece que su rosebud es únicamente subirse al caballo y competir. Es un caballero: pagará las deudas.

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