Ruido en el sistema

Los apolegetas de la muerte de la cultura pueden tener días más o menos brillantes en juntar letras ordenadas que, para la lectura de un orden plenamente conservador pero disfrazado de ilustración, resulten música celestial o el clavo ardiendo. Dice el intelectual: “se repite hasta la saciedad que Internet democratiza la cultura, pero yo creo que lo que va a hacer, si nadie lo remedia, es oclocratizarla, y eso, lejos de parecerme una virtud o un beneficio social, me parece una amenaza apocalíptica“.

Escritor de los de prestigio en minorías recónditas, espacios tan reconfortantes después de todo, traslada su terror a la muerte de los editores. Incapaces de entender lo que significa la abundancia, se presentan como hábiles analistas: “A las oficinas de una editorial media llegan al cabo del año casi 1.000 manuscritos. En España deben de circular durante ese tiempo más de 5.000 originales diferentes. La inmensa mayoría de ellos son impublicables, como sabe bien cualquiera que los haya ojeado, y lo primero que hace el editor (gastando dinero para ello) es separar el grano de la paja”.

Lo triste de su incomprensión reside en el viejo problema de las pajas y las vigas en los glóbulos oculares. La falsedad directa de la tesis que asume que el filtro es mejor: “Es un verdadero genio”, exclama al teléfono. “Eso sí que es ser un campeón de la mentira. Me ha destronado. Hacemos artes distintos. Yo invento, él fusila. Aunque copiar tanto y tan bien como él es una forma de arte. Me gustaría encontrarle y proponerle un libro a cuatro manos. ¡Falsos de autor!”. Y concluye recordando su teoría favorita: “Como expliqué cuando me cazaron, esto demuestra una vez más que el sistema editorial italiano es un mundo carente de verdad en el que todo está permitido. ¿Cómo es posible que ningún crítico ni periodista se haya dado cuenta hasta ahora?

El titular reza: El refinado ingeniero que fusilaba novelas.

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