Garganta profunda

Volvieron a decirme que, al teléfono, mi voz era la de un locutor de radio. “Será la genética”, me digo en mi interior. No es la primera vez: a alguien le dio por apellidarme la voz, capricho que yo sólo asocio a  Frank Sinatra, que en paz descanse. Pero era un apellido defensivo: como pauta permanente en su vida (es decir, soy culpable), uno está acostumbrado a no dejar indiferente, amor u odio. La voz, en este caso, era producto del rechazo. A la voz, decía. Al resto, se supone. Hoy es ya irrelevante.

Pero el atributo reaparece, no sé si en el momento  justo, pero sí cuando más conciencia va adquiriendo un servidor de que, sí, hay deterioro: el cabello, como el algodón, no engaña. La grasa acumulada, la que dicen que no se pierde, ahí está esplendorosa en mi cuello aunque mi peso no se corresponda e incluso mejore. Todo eso hace que visualmente, en los vídeos que la orgía de desintermediación mediática del internet de nuestros días, la contemplación de mi efigie y gesticulación se me vuelva opresiva y nefasta.

Mejor me quedo a oscuras. Habrá que centrarse en la voz.

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