La vida es una tómbola

Privatizar las loterías – del estado – es abrir la caja de pandora: el 30% suena insuficiente a las voces de los mercados por aquello muy entendible de cómo se come que el dividendo y la estrategia entre en conflicto con los intereses del estado, que es quien manda. No me consuela nada que haya quien piense que eso es mejor para el pequeño accionista, porque eso es tan solo un pensamiento. Así que la deriva correcta es que con la excusa de la eficiencia ante las próximas necesidades de caja, se privatice algo más, hasta que se rompa la barrera del cincuenta y uno. Se dirá que se conserva el control por mandangas estatutarias y los directivos empezarán a hacer suya la empresa con sueldos acordes a sociedades cotizadas, gastos suntuarios equivalentes, renovaciones de imagen con grandes contratos publicitarios y tal y tal. Al final, llegará la privatización total en un tortuoso camino en el que muchos llamarán la atención acerca de la contradicción de que el resto de los sectores privados tengan competencia y la lotería, la de vender billetitos con números, no. Ciegos aparte. Y, por ese recorrido, el valor simbólico del sorteo de navidad con sus niños con uniforme de ujier terminará de una vez por todas con uno los pequeños elementos que mantienen el tinglado español unido: la pensión, que no es moco de pavo, la televisión española y correos. Se le puede llamar descomposición. El estado nacional institucionalizado parece que tiende a reducirse solamente a una campaña de publicidad. Si no eres caja de ahorros.

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