Atrapados en el sexo de los ángeles

El diario publica un reportaje de titulares repletos de literatura y alarma: “Si el Estado no enseña sexualidad, la Iglesia lo hará”. Implícitamente, el titular asume que el estado lo hará mejor y sólo lo puede hacer mejor porque se supone que adquiere un valor neutral, científico y racionalmente superior, como supone el entrecomillado a uno de los intervinientes de lo que, por otro lado, es un texto bastante compensado en visiones y relatos: la mirada de la Iglesia es “reduccionista, y no es correcta científicamente”. Seguro que estoy de acuerdo, pero no me interesa ese problema. Me interesa más este otro: “Está claro que las posturas religiosas, políticas, sociales y morales sobre la sexualidad dividen a la comunidad mundial y esto es un obstáculo fundamental para adoptar un método unificado y compartido”.

Unificado y compartido, es decir, universal, cuando finalmente las conductas sexuales terminan siendo personales y repletas de valores o inconsistencias morales decididas o irracionalmente sometidas a todo tipo de experiencias, elecciones y temores suena, como mínimo, a pretencioso. O imposible. Porque finalmente, ni siquiera una postura científica aspira a ofrecer información y dejar volar conciencias, sino que aspira a que el enseñado asuma un modelo de conducta que hace feliz al enseñante, momento en que la diferencia con la Iglesia se torna en mínima.

Como tantos falsos problemas de nuestra época, se enfoca desde una visión escasa: la de dotar preeminencia a unos valores morales sobre otros, o la de tratar de ocultar información para evitar conductas que no se desean (o promover las que se desean). Y, sin embargo, los jóvenes cerebros a los que se pretende influir por su propio bien, disponen de dispositivos y cacharritos donde no sólo contemplan pornografía sin restricciones (y el mundo no se viene abajo) sino que pueden acceder a todas las opciones e informaciones posibles. Eso sí, ya se sabe que el conocimiento organizado en forma de red distribuida no garantiza que la pieza sea cierta, y la capacidad intelectual para contrastar y cuestionar es necesaria: ¿los mismos que están agobiados por la cuestión y que ven en las ocho horas de la escuela hasta los dieciocho años la fuente universal de educación son capaces de instruir en esa capacidad intelectual, en estimular la creación de relatos que den sentido a la presencia personal en el mundo para desarrollar soluciones propias?

La escuela, concebida como los extremos de un centro vital que otorga sentido al mundo, que canaliza valores nacionales, morales y políticos decididos en programas comunes extendidos como un radio sobre quien tiene el poder de repartir el dinero y escribir las leyes tiene más poros que la fibra del jersey que me protege del frío.

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