Orgía onomástica

Conocí un mexicano en San Diego que se apellidaba Padilla. Contaba que, una vez al año, su familia alquilaba un resort y se reunían todos en lo que debía ser de una alta complejidad, pues hasta pegatinas con los nombres se ponían en las solapas. Lo llamaban La Padillada. Dudo que esté a la altura de la linda convención de la familia Gutiérrez en Bolivia: “Los descendientes visitaron calles que llevan nombres de ilustres antepasados…” y tomaron “el almuerzo-parrillada en los elegantes y bien decorados salones del exclusivo Círculo de la Unión…”

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