Cuentos michoacanos

“Su familia jamás sabe si lo mataron por defender la ley o por lo contrario”

El relato de la violencia en México adquiere el lenguaje inolvidable de los textos de Rulfo o Fuentes. O quizá lo que ocurre es que quienes los escriben se contaminan con ellos; quizá también porque, como decía una amiga, los autores latinoamericanos tampoco son tan originales y mágicos en su realismo, ya que la vida es en realidad así y sólo había que contarlo tal y como es. O puede que, finalmente, todo sucede por verlo con esa miradita entre épica y romántica que le ponemos los europeos quienes, en nuestro tedio, ignoramos que lo fascinante es que nadie nos robe pistola en mano al parar en un cajero automático. Creo que era Dulce María Loynaz, anciana y visitada por periodistas, la que decía al ver las fotografías en blanco y negro de La Habana del período especial lo curioso que era que una realidad tan triste pudiera parecer tan bonita. La crueldad no es bonita, o puede que sí, que las dos cosas sean simultáneamente ciertas – horror y belleza – y por eso pervive.

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