Lady Gaga

Hubo un tiempo, no lejano, que estas palabras – nombre – no me decían nada. Es más, ni siquiera he sabido hasta hoy el aspecto físico – el rostro, vaya – de la estrella musical que se supone que es. Uno no puede liberarse del ambiente, y sí ha podido comprobar el estado de excitación que generan en algunos esta clase de artistas. También ha visto pasar titulares de medios masivos tan insistentes como para que uno comprendiera que era una cantante (femenina, además) y no alguna clase de obra de teatro, marca de chocolate o drag queen. Y ahí la tienen, con Tony Bennet (qué puedo decir más de las emociones que puede producir Tony Bennet) haciendo un prodigio de versión y de vídeo de The Lady is a Tramp, como esos dúos de Frank Sinatra y Ella Fitzgerald (primero tan dinámicos, luego tan viejitos). Bennet, el último crooner de verdad. También viejito. Pero la otra, con un güisqui en la mano… is a real tramp. Me regodeo. Clico cuatro veces seguidas. Vaya, ya sé quién es Lady Gaga. Soy un antiguo: le encontré el mérito y la atención en la tradición, lo que no sé si es una manera de decir que he muerto para los ritmos nuevos.

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