Banales, megustas, peligros y minorías

…me atrevo a anticipar el peligro que supone para el funcionamiento de una sociedad que sea más influyente el número de “likes” a un titular o a una ocurrencia que un artículo o un reportaje de fondo. La reacción inmediata a las noticias es vibrante, lo es, pero no reflexiva, y a pesar de este populismo que nos invade nuestro país precisa de un porcentaje, por pequeño que sea, de individuos que prefieran pensar despacio, es decir, reflexionar. De esa minoría también depende nuestro futuro.

Elvira Lindo lo ha pillado, aunque el esquema conceptual que aplica no deja de ser ese ludismo que es el periodismo. ¿Por qué? Porque sí, es la minoría que piensa, reflexiona y, en definitiva, construye alrededor de debates – que tantas veces son estériles pero que son un proceso de elaboración de conclusiones para actuar – la que efectivamente hace avanzar lo que tenga que avanzar pero, y esa es la cuestión, no tiene que hacerlo a través de periódicos ni medios. Íntimamente el razonamiento implica que debe hacerse a través de gente que crea una agenda única, la agenda, que es la de la sociedad, ese océano inabarcable. Resulta que ambas cosas se desarrollan en los blogs, palabra que empieza a molestarme porque ha quedado como una clasificación dospuntocero de herramientas que, además, son poco gozosas porque son de audiencias minoritarias: me pregunto si habrá que volver a recordar la larga cola y ver lo que suman todos esos autores y debates juntos.

Hay una segunda muestra de ludismo. El peligro. El peligro del crecimiento de likes es el mismo peligro de los que se indignan con Gran Hermano o la  violación de los horarios infantiles con contenidos de gusto grosero. Es la alarma de creer que se es acrítico contra lo banal o que uno queda teletransportado sin remedio por un concurso con Risto Mejide. La banalidad forma parte de la vida y siempre ha formado parte de ella, con partes divertidas y hasta interesantes y toneladas de vulgaridad de consumo extendido. Las minorías siempre fueron minorías, sólo el espejismo de verlas en periódicos importantes que vendían a los autores trascendentes envueltos en fútbol, televisión, anuncios por palabras y el chascarrrillo político del día llevó a pensar que el mundo estaba efectivamente pendiente de las tribunas de la inteligentsia. No, no lo estaban. Pero, lo que es mejor, Elvira, esos lo están contando por su cuenta sin esperar a que alguien decida que son esa reflexión que se necesita, sino la que necesitan los que las escriben e intercambian.

Como corolario: El relato de la red distribuida como discurso sobre el poder, del que podemos extraer el caracter ludita de la defensa del periodismo, no deja de ser un discurso de minorías y, seguramente, es lo que realmente puede llegar a ser. Nada menos.

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