Dave, Presidente (o nuevo ataque contra el elitismo)

Una de esas leyendas que deben ser más o menos verdaderas, es esa que cuentan los periódicos acerca de la importancia del presidente de los Estados Unidos en la vida onírica de los norteamericanos: algunos confesarían en encuestas que sueñan con él. Lo cierto es que en el cine, se supone que Nixon aparte, no he encontrado una sola película de estudio o indie en la que, al final, la figura del presidente no quede salvada por mucho que pueda convertirse un hombre horrible. El Ala Oeste encarnaba como nadie el mito de que, el presidente, al final, es lo mejor que puede llegar a ser y eso sería mucho.

Hallarse en una tarde de sopor veraniego echando la siesta con una cosa titulada Dave, Presidente por un día te somete a una de esas consideraciones: qué bueno es el presi. Y qué divertida es la peli. Verán, un prodigio de la tontez: al presidente de EEUU le da un patatús mientras se acuesta con su amante y queda en coma. Su jefe de gabinete y otros fontaneros tapan el escándalo localizando a un doble del presidente que se adapta fabulosamente al papel: de un tipo al que todo el mundo odia, se pasa a un personaje popular que sube imparable en las encuestas y que, pásmense, recupera el amor de su esposa ignorada.

A los fontaneros les sale mal la historia cuando el presidente suplente empieza a actuar por su cuenta: un día cae en que el gobierno es malvado y empieza a hacer el bien de modo proverbial. De nuevo, el sistema queda salvado: el hombre elegido por el pueblo, ese hombre que es como ellos (porque, no lo olvidemos, cualquiera puede llegar a presidente de los Estados Unidos), lucha contra las fuerzas retorcidas de políticos, funcionarios y oscuros lobbies para pensar en sus ciudadanos y que no quede ningún niño sin cena.  Hasta ahí, lo de siempre. Cualquier crítica ideológica puede gozar con todo esto y, por el ritmo y el tono de comedia popular, cebarse en las características estéticas del filme: el progreso terminará con pesadillas.

Pero pasan otras cosas. Josep María Mainat explicó hace bastante cómo el Gran Hermano vomitivo de la televisión española resultaba de lo más revolucionario cuando se exhibía el mismo formato en países árabes: hombres y mujeres solteros en la misma casa… revolucionario. Y progresivo. Es decir, los calificativos morales y estéticos a lo que se exhibe son únicamente prejuicios de una minoría que desea fuertemente reprimir a los demás tratando de impedir sobre todo que juzguen por sí mismos. Tanto los jerarcas religiosos islámicos que ven la virtud ofendida, como quienes piensan que se transmiten valores detestables a la juventud occidental.

Dave, el presidente ñoño, no podía ser menos. Sentado en la cocina de la Casa Blanca prepara un sandwich y le ofrece uno a su guardaespaldas ¡negro!. El guardaespaldas es de lo más profesional, gente que ve pero que no ve y no puede recordar. De repente, le pregunta si recibiría la bala que está obligado a recibir para proteger al presidente verdadero, con lo que entramos en un interesante conflicto moral: ¿tiene que dar la vida – arriesgarla, al menos – por un fraude en el que quien ocupa el cargo no es el verdadero ocupante? ¿Puede permanecer en silencio ante el delito? ¿Por qué ha de perder él la vida aunque sea por contrato? De alguien leí que una película de Disney era revolucionaria en su contexto correcto: se abre una nevera y hay comida. Ni el dictador más atroz puede llegar a censurar semejante inocencia en plena sequía y supuesto que haya donde ver la escena.

Pero Dave puede ser más diabólico: ¿por qué sube en las encuestas? Porque el suplente es un fenómeno apareciendo en público y haciendo payasadas interesantísimas para aparecer en las noticias y no porque conozca ninguno de los temas que tiene que tratar o a las personas que tiene que saludar. En el fondo, una obscena forma de ponerle a la masa un espejo de sí misma.

Señores, semejante representación de la realidad se pasa en la televisión para todos los públicos.

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