Arendt en la fuente de Canaletas

En algún momento de Hannah Arendt, el personaje de ficción le viene a decir a uno de sus interlocutores – cito de memoria – que ella no ama a los pueblos, sólo a sus amigos. Ser judía, plantear una visión diferente de por qué y cómo fue posible que Adolf Eichmann hiciera lo que hizo, le costó ser vista como traidora a un pueblo. Hablar en público o privado en la tesitura corriente de la independencia de Cataluña es como pretender hablar de Belén Esteban sin caer en la estupidez: puntos de partida absurdos con argumentos intelectualmente sonrojantes y el mismo nivel de serenidad intelectual que el propio de la comunicación de masas, la reducción de todo al mínimo común denominador de las entendederas. Tengo argumentos bastantes para que uno y otro bando me llame traidor.

3 Respuestas a „Arendt en la fuente de Canaletas“

  1. Querolus Dice:

    Adelante con el argumentario. Los que nos jugamos reputación y amigos discutiendo sobre el tema más presente y más tabú en las conversaciones de donde resido ya no sabemos como convencer. Hace mucho que el tema ha dejado la razón. No hay argumento bueno. El argumento bueno es el sólido, veraz y, muy importante, convincente. Hace tiempo que no hay argumento convincente sino estragia propagandística.

  2. Gonzalo Martín Dice:

    ¿Reputación o afecto? Yo he decidido no perder el afecto. Porque la carambola es de miedo al ver a las personas repetir como loros lo que pueden decir los edificantes medios de masas en manos de gobiernos y empresarios al alimón. La ausencia, fíjese, de intelectuales que se salgan del tiesto y cuestionen, simplemente, la cuestión de si la cuestión es ser dependiente o independiente. No, lo mejor es el silencio. O cómo explica usted en medio del furor que la independencia es un concepto legítimo insatisfactoriamente formulable desde el derecho más fino y la vida cotidiana más cuerda. O cómo explica usted que la misma caspa intelectual que se opone a la sobada consulta atenaza a los apasionados defensores de la consulta. Por no hablar de sus similitudes, dicho con pinzas y prudencia para la amplitud del concepto, de las élites contendientes como crony capitalists o clases extractivas más o menos intensas en ese esfuerzo. Ponerse de lado afirmando que le están obligando a tener conversaciones feas con gente a la que quiere porque le plantean una discusión del siglo XIX en la era de las impresoras de tejido biológico, será interpretado sin lugar a dudas como un elitismo. Me quedo con la gente que quiero, ya llegará una nueva ola de discurso mediático con la que tratar que es esperable que sea más amable.

  3. Gonzalo Martín Dice:

    Oops.. trasteando di con una cosa que escribí una vez y que dice más o menos algo.