Colombia, en el punto de no retorno

Uno de los ejecutivos más relevantes de Colombia en lo que se refiere nuevas tecnologías y emprendimiento nos preguntó a un grupo de amigos españoles qué considerábamos importante para el futuro del país. Yo contesté que tres cosas.

Lo primero, la paz. Porque sin la paz no hay nada. Porque un país teñido por un conflicto armado de verdadera escala militar como el colombiano no puede convencer al resto del mundo de que es un país recomendable para llevar el dinero con seguridad, ni para hacerle protagonista de acontecimientos internacionales: ¿por qué no puede Colombia organizar un mundial de fútbol con la pasión que tiene el país por este deporte? La paz, obviamente, libera además recursos destinados a la destrucción por recursos que se pueden emplear en el desarrollo pendiente. Y ni qué decir tiene de la propia dignidad y el día a día de los colombianos, aunque muchos no lo vean así.

Lo segundo, las infraestructuras. No, no tiene sentido el estado de la red de carreteras colombiana, ni el abastecimiento de aguas (en un país con muchísima riqueza hídrica), ni los apagones eléctricos, ni el caos del transporte urbano en una ciudad tan inmensa como Bogotá. Sin infraestructuras, los flujos de comercio y actividad no se mueven a ritmos correctos y se convierten en cuellos de botella.

En tercer lugar, cité la burocracia absurda, antigua y agobiante y lo que seguramente es una de sus causas, una corrupción demasiado obscena. El papeleo que soportan las empresas roza lo ridículo y alcanza el absurdo en las gestiones bancarias en un país donde la costumbre es ir a pagar hasta el recibo del móvil (el celular) en persona y en metálico.

¿Y por qué no la educación? ¿O la productividad, cuyas tasas son tenidas por muy poco dignas y es frecuentemente considerado como una deuda eterna de la economía colombiana? Mi lista de prioridades puede que esté sesgada por la de ser un representante de inversores extranjeros que quieren desarrollar su actividad en el país. Pero también porque pienso que estas serían en parte consecuencia de las anteriores.

El pasado narco que golpea la conciencia de los vivos

Mientras esta conversación sucedía, el resto del mundo – también Colombia – veía como uno de los servicios tecnológicos más importantes del mundo (Netflix) lanzaba una serie titulada Narcos que narra la vida criminal de Pablo Escobar. No es el único producto de entretenimiento que recupera la narrativa legendaria del gran jefe del cartel de Medellín en los últimos años: diversos programas informativos, algún largometraje reciente, la reaparición de su hijo con un libro y documental bastante interesantes y controvertidos, nuevos largometrajes que esperan…

Yo recomendaría que en vez de ver todas esas series y películas realizadas en el extranjero los interesados en la cuestión se tomen la molestia de ver (en toda su extensión de ciento dieciséis capítulos, al estilo de las novelas televisivas del continente) la creada por la propia televisión colombiana: tiene muchos menos valores de producción (o sea, dinero) que los productos internacionales, pero tanto el resultado artístico como la fidelidad a los acontecimientos es muchísimo mayor, por no decir que todos los demás dejan mucho que desear.

El estreno de esa serie dio que hablar en Colombia. El debate se centraba en si no se estaba glorificando y convirtiendo en leyenda la vida de un sujeto – que es descrito con frecuencia en Colombia como un hombre de una inteligencia desmesurada – que sólo trajo dolor al país, a pesar del amor reverencial que determinadas barriadas de Medellín le profesan todavía hoy por su vertiente de émulo de Robin Hood al ocuparse de la vida de personas de las que nadie se ocupaba.

El espectador europeo debería recordar que Escobar murió en 1993 para reciclar sus estereotipos. No obstante, lo interesante de esta controversia es que en Colombia podía hacerse un reciclaje público y una reflexión sobre el país y su pasado tan triste y tan sangriento. Otras series han estado reflejando el combate exitoso de las fuerzas armadas contra la guerrilla en los años del Presidente Uribe. En cierta forma, y aunque oficialmente la guerra no ha terminado y el narcotráfico sigue vigente en el país, pareciera como si se estuviera regurgitando una memoria cercana de un debate social aún no cerrado pero que, probablemente, era imposible no hace muchos años.

Por el otro lado, tiene la triste confirmación que para la imagen internacional de Colombia tiene el narcotráfico: la visión romántica del gangsterismo (que probablemente debemos a los retratos de la mafia realizados por el cine norteamericano) conduce al consumo de estos productos reforzando la cosmovisión del primer mundo sobre Colombia y América Latina en general: narco, guerrilla, pobreza. No hay viaje que haga al país que no genere una broma de un conocido sobre la conducta de mi nariz o la presencia de polvo blanco. Hace mucho que no me río.

La paz como perspectiva tangible

Colombia son muchas más cosas que narcotráfico. Hay empresas y programas públicos mucho más interesantes de lo que nadie puede imaginar en Europa. Esto, por supuesto, es imaginable para el lector inteligente que huye de la simplificación que introduce la información de los medios de comunicación de masas. Pero no forma parte del lenguaje y las conversaciones sobre el país. La cuestión es hasta qué punto, el auge del entretenimiento internacional con las temáticas en cuestión es un paso para terminar con la narrativa narco para que surjan relatos de otro tipo.

Ayer se celebraron elecciones municipales y para gobernadores en el país y sus resultados son interpretados por el Presidente de la República y por muchos analistas de medios como un respaldo a los partidos que apoyan el proceso de paz. Hay muchas cosas en disputa en una elección local, pero ha resultado llamativo la pobreza de resultados del bloque uribista que lleva muchos meses de campaña agresiva y radical contra las expectativas del fin de la guerra tal y como lo lidera Juan Manuel Santos. Para los que no conozcan el país, Santos fue el ministro de defensa de los años de Álvaro Uribe y ha trastocado completamente la política de enfrentamiento del antecesor. Una política que, sin lugar a dudas, y a pesar de sus costes y las sombras sobre los derechos humanos probadas y pendientes de probar, ha convertido a Colombia de un país inviable en otro viable. Esta expresión, tan neutra, pero tan útil para analizar los hechos sin tomar partido por las formas, es también del ejecutivo que cito al principio. Viabilidad. Y no hace tantos años. Es decir, que Colombia marcha en términos de tiempo histórico a una velocidad bastante destacada.

Si todo sucede como está previsto, el próximo mes de marzo debe terminar el enfrentamiento oficial entre gobierno y una guerrilla reducida ya por muchos a un mero operador de contrabando de drogas (quien les escribe piensa que esa mirada simplifica en exceso la historia colombiana, pero que tiene un clarísimo fundamento en su operatividad contemporánea) para iniciarse algo que se ha dado en denominar el postconflicto.

Es probable que el resultado de esta elección haga efectivo el hecho de que ya no hay retorno al país del narco y las FARC, al país de la violencia como medio de canalizar los conflictos sociales casi por defecto: como todos los acuerdos políticos de esta dimensión deja tras de sí concesiones dolorosísimas para un concepto general de la justicia. Nadie sabe lo que traerá el retorno a la vida civil de multitud de guerrilleros que, como ha sucedido con los vestigios del paramilitarismo, ha convertido a extraños luchadores disfrazados de conflicto social y político en criminales a secas como medio de vida. Para la administración justicia, en cambio, y por mucho que esta transición no sea un camino de rosas en términos delictivos, significa la eliminación de la justificación moral para el uso de las armas para convertirse en meros delitos. Esto, se mire como se mire, es un no retorno también.

Como lo son otros elementos que ahora se ponen en juego. Desbrozar como prevén los acuerdos que se conocen con la guerrilla los años de violencia con tribunales especiales destinados a esclarecer los crímenes en una especie de transacción por la verdad de lo ocurrido a cambio de generosidad penal, creará un mar de dolor donde es esperable que la redención se imponga. La apertura de fosas de cadáveres, la identificación de desaparecidos, la restitución de tierras robadas (todo esto está ya en marcha con peligros y dificultades), la eliminación de las minas, la sustitución de los cultivos de estupefacientes por otros cultivos o la dotación de mayor calidad de vida al mundo rural y campesino y a las minorías étnicas va a ser un camino repleto de espinas. Y largo. La cuestión es si podrá cambiar definitivamente el lenguaje para que el no retorno sea una realidad plena.

Nuevos relatos para el futuro de Colombia

Suelo hacer en Colombia una comparación con España en el final de los años setenta. Los que tengan mi edad, probablemente lo reconozcan. Como todo este tipo de comparaciones, no es perfecta y no pretende establecer un camino de paralelismo absoluto. Muchas cosas del contexto son diferentes. Pero permite pensar sobre ello. España en el segundo lustro de los setenta es un país que sale de un trauma histórico repleto de violencia. Al mismo tiempo, es un país carente de estructuras estatales y de infraestructuras que dañaba la dignidad del español promedio avergonzado de su país al viajar por el mundo y sin viajar por él. Los españoles al hacer lo que se llamó la transición hicieron una especie de no retorno y, estabilizado el espacio social de convivencia, se lanzaron a recomponer y modernizar un estado y unas capacidades que dieron una dignidad al país que probablemente no se ponga en duda: las autopistas y los AVES de hoy son hijos de esa circunstancia.

En uno de sus discursos históricos, Luis Carlos Galán, el Kennedy colombiano, asesinado por orden de Pablo Escobar con negrísimas intersecciones con la narcopolítica y el paramilitarismo cuando era el favorito en plenas elecciones presidenciales, levanta su mano para decirle al electorado que el cambio político que promete por su elección se representaría en el hecho de que llevar el pasaporte del país no vuelva a ser motivo de vergüenza.

Dentro de pocas fechas, los colombianos no necesitarán visado para entrar a la Unión Europea, en un acontecimiento de una trascendencia emocional difícil de entender desde luego en España y seguro que en el resto de Europa. Es también un punto de no retorno. Es simbólico, forme parte o no de las intenciones de la UE al exonerar a Colombia de este procedimiento tradicional.

He tomado la expresión no retorno de un artículo del corresponsal de El País previo a las elecciones de ayer. En Colombia y para Colombia ha llegado seguramente el momento en que cambie la conversación para centrarse en la superación de la violencia y la modernización. Una ejecutiva colombiana de regreso a su país me explicó cómo la primera vez que tomó un autobús en Madrid sintió dignidad. Era la comparación con el transporte público bogotano de su tiempo. En los últimos años, el discutidísimo alcalde saliente de la ciudad ha intentado continuar la labor de alcaldes anteriores en la mejora de ese transporte y ha introducido elementos que yo llamaría dignos y que no dejan de ser los mismos que puede tener cualquier ciudad europea.

La resistencia de los actores en juego, como en todo cambio, ha sido y es tenaz y persistente. Pero ahora las paradas de autobuses empiezan a ser paradas de autobuses como la de cualquier otra ciudad civilizada y los vehículos están algo más normalizados y empiezan a parecerse a lo que en Europa consideramos transporte público.

El no retorno es el cambio de la conversación. La paz insatisfactoria es mejor que la guerra insatisfactoria. Como todo conflicto político, no es esta la visión de toda una sociedad descreída de su clase política y de los sucesivos fracasos en terminar con un conflicto militar de acciones desgarradoras para cualquier observador con el sentido más elemental de lo humano. La esperanza de Colombia debería traducirse en el cambio definitivo del lenguaje: es hora de hablar de superación y modernización. En España, Manuel Azaña intentó la reconciliación durante la guerra civil con tres palabras: paz, piedad y perdón. Colombia deberá encontrar su camino y hacer que el cambio de relatos interrumpa el peso del pasado.

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