Dramaturgia y Remordimiento

 

Cause after all he’s just a man

Tammy Wynette

 

Hillary Clinton perdió las elecciones a la presidencia de Estados Unidos como todo el mundo sabe. Indagar el por qué ha sido un deporte intelectual constante desde noviembre de 2016. La diferencia de votos fue tan pequeña, que más allá de lo que Donald Trump representaba para el descontento de un grupo muy amplio de votantes, la explicación también hay que buscarla en la candidata. Hillary Clinton cae mal. Cae mal como miembro del establecimiento y cae mal entre muchas mujeres, conservadoras y no tan conservadoras.

Cayó mal como mujer pionera en la política de altura: decirle a las amas de casa que ella no iba a quedarse dedicada a sus labores mientras el mundo seguía su curso, fue una afrenta a la autoestima de cohortes enteras de madres dedicadas a su hogar, sus hijos y su marido. Y cayó peor al destacarse la hipocresía de su feminismo ante el perdón concedido a su polémico marido, el Presidente William Jefferson Clinton. Bill. El hombre que tuvo que responder a su familia y un país entero por el vestido impregnado de semen de una becaria. No: de una mujer que no era su esposa. Insistir en que Mónica Lewinsky era becaria es un rasgo en mi opinión ofensivo: sí, habrá quien considere este dato un rasgo esencial por si existiera abuso de poder, pero todos los síntomas conducen a pensar en una mujer enamorada. O con la ilusión de estarlo. Ser becaria era una circunstancia que, por su condición temporal e inexperta, parece querer sugerir mal juicio o banalidad, cuando ella (y él) tendrían todo el derecho del mundo a tener las relaciones que quieran, incluso a enamorarse si fuera el caso. Traicionada, además, por sus amistades es, sin duda, quién más perdió y quien más ha pagado por un escándalo verdaderamente absurdo y que nunca debió salir de la intimidad de los afectados.

Humillación

La humillación pública para Hillary Clinton es igualmente extraordinaria: llovía sobre mojado pues Clinton (esposo) ya había superado otros escándalos de faldas y arrastraba una importante reputación de lo que en España se llama un picha brava. No sólo le perdona durante la presidencia, que hubiera podido entenderse por aquello de las formas ante una causa superior (la de mantener un orden institucional tradicional), sino después de dejar la Casa Blanca: Clinton (esposa) se presentó tiempo más tarde (y ganó) el puesto de Senadora por el estado de Nueva York, se presentó a las elecciones presidenciales por el Partido Demócrata cuya nominación perdió frente a Barak Obama y fue Secretaria de Estado de éste último. En todo ese tiempo, Bill Clinton fue su «político consorte» pero, visto desde una perspectiva de justicia frente a la infidelidad, fue considerado por muchas como una traición al género femenino.

Tammy Wynette, the First Lady of Country Music, compuso un icono del género: Stand by Your Man. Sí, quédate junto a tu hombre, pase lo que pase. Descubrí muy tarde en mi vida que el «country», ese género rural y medio hortera para cualquier europeo, es probablemente el mejor estilo del mundo para crear canciones de amor. Mejor, de desamor. Porque las grandes canciones de amor siempre son de desamor y dolor ante su pérdida. «Stand By Your Man» es de una belleza melancólica insuperable y sus versos entroncan profundamente con el sentimiento femenino… tradicional. Contemplada su letra en los tiempos que corren, la crítica a la fidelidad y la correspondencia sin reproche al matrimonio o el noviazgo por el hecho de ser mujer, es inmediata: A veces es difícil ser mujer / Entregando todo tu amor a un único hombre / Tu tendrás días malos y él los tendrá buenos / Haciendo cosas que no comprendes / Pero si le amas, le perdonarás.

Es obvio que, tanto desde una perspectiva feminista como desde una conservadora, Hillary Clinton quedó convertida en un personaje de Tammy Wynette. Exactamente por representar el sacrificio femenino tradicional, la espera al retorno del hombre y el perdón como mandato de tu rol en la sociedad. Wynette, además, sería el prototipo físico de la mujer blanca y conservadora del sur de los Estados Unidos: Clinton no supo estar a la altura de su feminismo fastidiando su reputación ante votantes liberales y demostró su falsedad para la mujer tradicionalista. De nuevo, decidir mantenerse al lado del padre de tu hija, el hombre a quien quieras querer, es una decisión íntima y que no le importa a nadie y donde la respuesta le pertenece sólo a uno. Pero vivir expuesto a los demás para obtener su favor en forma de poder político hace que el juicio de tu intimidad sea inevitablemente público. Y difícilmente reprochable.

Es bien cierto que el odio africano y la antipatía a Hillary Rodham Clinton (ella nunca perdió su apellido de soltera en un país donde la costumbre y el derecho hacía que las mujeres perdieran el suyo al casarse) no se produce sólo por esto. Sus posiciones acerca de lo que debe ser la sanidad en los Estados Unidos, los incidentes de Bengasi, la investigación sobre sus finanzas (que no llevaron a ninguna causa inculpatoria), la hicieron víctima de su propia inteligencia y voluntad: precisamente, la de no ser una mujer sentada en su casa. Sin embargo, su trayectoria profesional como abogado y la labor política junto a su esposo ya desde los tiempos de Gobernador de Arkansas, lleva a pensar que verdaderamente ha sido la candidata o candidato mejor preparada para ser Presidente en mucho tiempo, más que su propio marido, George Bush hijo, Barack Obama (realmente inexperto) y, no cabe duda, más que Donald J. Trump (peor que inexperto: que desprecia cuanto ignora).

Catarsis

Quizá no sólo por el misterio de su derrota, sino por la vindicación de una vida pública que, honestamente, puede considerarse brillante y que se produce en un tiempo donde no era obvio que las mujeres se presentaran a las elecciones (y no sólo las presidenciales), Hillary Clinton acepta hacer un exorcismo, sentarse ante una cámara y hacer el relato de su vida en cuatro capítulos de un documental. Sí, es cierto, está hecho por alguien que te quiere y te mira bien. Está hecho para que te expliques, para que todo el mundo tenga tu versión completa. Es decir, que no tiene un contrapunto contrario. Lo importante es que acepta hablar de todo y dar su versión. Pero más importante es que lo hace con su marido, el ex Presidente, en la sala contigua. Siempre podrá decirse que es un matrimonio tan maquiavélico, que han organizado sus declaraciones para blanquear definitivamente a la que ya nunca será primera mujer presidenta de los Estados Unidos. Y aquí empieza lo interesante.

¿Qué sucede cuando a Bill Clinton le preguntan cómo y qué pasó cuando le confesó la verdad a su mujer? Él explica que, en ese momento, Hillary Diane le dice «ve y cuéntaselo a tu hija». Así que Bill -otro hombre más extraído del universo de Tammy Wynette- acude a su hija, asume la dificultad del momento y le dice la verdad. Para la historia quedan las imágenes de la familia caminando cogidos de la mano con Chelsea Clinton entre medias camino del helicóptero que les lleva de vacaciones con todo un país mirando y que ya espera un desenlace trágico. Bill Clinton tiene que explicarle al país que la relación con Monica Lewinsky existió. Ahora que es un anciano y tiene por delante otra cámara nos explica con una sentimentalidad asombrosa el momento: lo más estúpido que pudo hacer en su vida. Se lamenta del daño a Lewinsky. A su mujer, su hija. De la mentira. Del daño a su reputación. Sus ojos están húmedos, su gesto es el de un hombre contrito y dolorido. La escena es realmente emotiva. Justo en ese momento yo recuerdo a Juanjo Carmena.

Juanjo es un tipo al que admiro. Siempre que crees que tienes una explicación brillante de algo, con tres palabras te demuestra no sólo que ya estaba escrito (qué no está escrito), sino dónde le duele el zapato a ese argumento y qué otros tienes a tu alcance. Pero es mejor aún la convicción con que defiende y te explica aquello que cree y sabe. Aporté a mi léxico su forma de prepararse para el combate dialéctico cuando él ha llegado a una conclusión, que siempre tiene datos y axiomas de partida: «puedo debatir diez mil horas…» (ponga a continuación la afirmación que guste). Juanjo me explicó que en el mundo de los decisores abundan los psicópatas. Me recomendó un texto con el retador título «¿Es Usted un Psicópata?«. Lo esencial es comprender que un psicópata es alguien sin remordimiento frente al dolor que puede provocar en un tercero. Atención: no hace falta ser un criminal. Basta con no tener ningún sentimiento de culpa. El psicópata, por tanto, puede ser cruel, mentiroso y manipulador y siempre lo será mejor que tú porque no tiene barreras para serlo. 

¿Por qué entonces los psicópatas que no son criminales pasan desapercibidos? Es decir, su incapacidad de tomar en consideración el dolor ajeno debería llevar a la obviedad: que fuera descubierta su conducta y que existiera alguna forma de protección de las potenciales víctimas. Una antigua compañera de trabajo que se dedicaba a realizar entrevistas a los candidatos a trabajar en la empresa en la que yo trabajaba siempre me advertía: «cuidado, sabe actuar bien». Nunca he sido bueno entrevistando (me tengo que escuchar yo, por tanto, no funciona el proceso), así que cuando me correspondía hacer una segunda o tercera entrevista de un candidato y mi opinión contradecía la del experto, esa era una respuesta posible. «All the world is a stage» aprendimos de la mano de Shakespeare que, además de un excelente comienzo para un monólogo, es plenamente una advertencia sobre la vida: todos, en un momento o en casi todos los momentos, asumimos un papel dentro de nuestra comedia cotidiana. Somos un personaje con un rol en el conflicto que nos rodea y procuramos hacer creer a los espectadores aquello que es preciso que crean.

El Gran Teatro del Mundo

La política exige dotes de representación. La memoria del liderazgo y de la política como hazaña se construye de la ejecución de brillantes discursos. De ida y vuelta con la dramaturgia. Marco Antonio tras la muerte de César en el mismo Shakespeare, o su recuerdo del día de San Crispín. Churchill resistiendo el blitz sobre Londres. Ronald Reagan con un micrófono delante es, simplemente, el hombre más encantador del mundo aunque en España le vistieran de pistolero sin complejos. Barack Obama consiguió entusiasmar leyendo los discursos que le escribían (casi todos los discursos están escritos por otros, de ahí lo esencial de saber decirlos). Y Bill Clinton fue un grande saliendo por un televisor, mirando a la cámara y torciendo el gesto para enamorarte de él.

Es en ese momento de la serie documental cuando la cámara se centra en las colaboradoras de Hillary Rodham Clinton y en los acompañantes en la Presidencia de William Jefferson. Y todos relatan su asombro. Todos explican cómo habían creído a ese hombre. Mientras yo seguía conmovido por la expresión de remordimiento, la aparición simbólica de Juanjo Carmena me llevó a poner en perspectiva otro discurso, otra aparición televisiva. Bill Clinton con los ojos enrojecidos afirmando con rotundidad que no había tenido relaciones con esa mujer. Esa mujer es Mónica Lewinski. Hay que verlo. Varias veces. Sobrecoge. La negación es, no hay un término mejor a pesar de la redundancia, innegable. En ese momento le hubieras creído. Le creyeron todos sus cercanos. Ahora le vuelves a creer cuando dice haber sufrido. No puedes dudar de un rostro así y de la emoción contenida: eso no se podría disimular. Tú, no. Pero tu no eres un actor. O un psicópata.

¿Mintió Bill Clinton las dos veces y, realmente, no sintió la primera vez ninguna clase de culpa o remordimiento? ¿La tuvo cuando confesó? ¿Siente algo hoy por el dolor causado en el pasado o es lo que tiene que hacernos creer? No se podrá saber nunca. Pero sí creo que todo el mundo tiene derecho a ser un personaje de Tammy Wynette, porque esa sumisión (que puede ser sólo aparente) es, en realidad, una renuncia a hacer daño, todo lo opuesto a un psicópata. Tanto, que hasta te puedes hacer daño a ti mismo por no tener un momento para ignorar, cuando hace falta, el dolor de otro. Si no eres un psicópata, es más fácil, más simple y más esperanzador seguir amando. No se puede culpar a nadie de querer amar.

 

Dejar un Comentario.