Sobre «Agitación»

He leído crónicas fabulosas sobre Agitación, un ensayo de Jorge Freire con el que me he entretenido bastante. En alguna de esas crónicas se viene a decir que Freire es uno de los ensayistas que vamos a tener que seguir o que ya es un pilar del pensamiento español. No tengo nada que objetar, existirán razones para ello especialmente viniendo de quienes vienen, gente que ha leído muchas más cosas que este escribidor.

Y menos que el propio Freire, que tiene a mano la cita, la referencia y el contexto de decenas de textos seminales de la filosofía, la literatura y la cultura pop. Lo que es de agradecer por el tono. Si no lo decía Ortega y es apócrifo, está bien dicho: «la claridad es la cortesía del filósofo». Yo lo recuerdo porque Ramón Tamames lo repetía en alguna de las clases que (me) daba en la Autónoma, cuando tenía edad de pedir dinero en casa para el autobús.

Le reprocharía que recurra tanto a Han (bueno, son sólo una cuantas veces, supongo que sobre todo por En El Enjambre). A Han lo veo como un ludita con un probable esquema de frustración marxista en su interior. Y eso me lo convierte en un peñazo previsible de una cierta cultura o tónica antidigitalización. Que no deja de ser como decir antimodernidad, si no fuera porque moderno y la modernidad viene usándose con otros contextos filosóficos. Me parece: puedo haberlo leído demasiado poco. También es el típico caso de no gustarte lo que la gente hace con su libertad, que es una tentación al alcance de todos.

Mi lectura de Han es la de alguien que describe fenómenos sociales (humanos) de modo acertado. Es fácil ver el ridículo y la irracionalidad de ellos. Probablemente, los ve cualquiera con unas ciertas lecturas y curiosidades. No me entusiasma su valoración, lo que no quita que unas veces sí lo haga y otras no. Con Freire siento algo igual, pero sin la carga de negativismo de Han y sí con un apropiado y acertado recochineo y hasta mordacidad.

Siento que es un relato de las cosas que pasan contextualizado en alta cultura y bien escrito (léase sin «palabros», sin usar el inglés en vez del castellano y legible,  no como suele pasar con mi exceso de comas y palabras). Y siento también que es una larga descripción de usos y costumbres de la vida cotidiana que casi podrían ser un artículo de opinión en nuestra prensa contemporánea sólo que más largo y más sosegado.

Mi amigo Carlos Martín Ríos me contaba que, cuando hizo su doctorado en Rutgers, todo trabajo intelectual que no llevara a algo práctico, se veía con distancia (por no decir prevención) por su departamento de sociología. Digamos que, para ellos (y era una excelente universidad en la mejor de las ligas mundiales), hablar por hablar, o la mera descripción y puede que categorización de angustias, se quedaba para los europeos. En Europa uno puede ser Rousseau (esto lo digo yo), pero allá en Estados Unidos la pregunta con tanta descripción era «¿y ahora a que aplicamos esto?».

No vamos a decir aquí que el pensamiento por el pensamiento no tenga consecuencias. Para bien y para mal. Dicho con prevención y cuidado, ahí están las consecuencias de Rousseau: se crean cosmovisiones que la gente convierte, entre otras cosas, en justificaciones y expectativas sociales. Pero me quedo con la idea de que habiendo recorrido toda la Agitación de Freire, al terminar me quedo pensando «pues, sí» o «esto ya me lo digo yo» (perdón por el cuñadismo) y, seguramente, lo he tenido como objeto de tertulia con el Doctor Piernavieja o con Juanito Granados en más de un café o en más de una ración de pulpo.

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