Una frustración irrelevante

La mezcla del agua con el café molido sobre un filtro de papel deja una masa cremosa de aspecto cercano a una mousse. Se pega sobre las paredes y en sucesivos vertidos del agua hirviendo una mano cuidadosa puede hacer que se desprenda de las paredes y se acumule al fondo. Introducir el dedo para llevar la mezcla a los labios en espera de algo que podría considerarse como un dulce al que se apellidara con la palabra moka, siempre termina mal: el fino grano molido es desagradable, el aroma y el sabor ya pasaron con el agua y el paladar quiere expulsarlo de la boca. Cada día en ese mismo momento me queda la esperanza de que no sea así. Nunca sucede.

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