Matar, comer, gozar

Voy a defender a un votante de Trump y una idea antipática. Lo que suma dos ideas antipáticas.

La mejor naturaleza es la naturaleza dominada. La existencia del homo sapiens ha consistido en la lucha permanente contra el desamparo, el abandono y la crudeza de sobrevivir a las condiciones ambientales, a garantizar la producción de comida, a evitar y superar la enfermedad y la infección de bacterias y organismos perfectamente naturales. Algo tiene la naturaleza de fascista, pues impone sus condiciones sin preguntar, sin apelación a la moral o la justicia. Por tanto, la vida campesina, el aprendizaje del pastoreo de gallinas a vacas, la agricultura, la transformación de animales y plantas en alimentos es un mecanismo de tecnología creado para sobrevivir y generar salud y confort.

Más de una cosa puede ser cierta al tiempo que contradictoria: que el progreso humano es también el rechazo a la crueldad, no ya por el hecho evidente del sufrimiento de la víctima, sino por cómo te sientes tú mismo al ser cruel. Por cómo tu estómago se revuelve ante la visión de la aplicación de dolor sin necesidad o criterio, por cómo eso que se da en llamar conciencia frena tu mirada, el color de tu piel y, con suerte, te empuja a la rebelión. Cerdos metidos en camiones en condiciones ciertamente inhumanas (un cerdo no es humano, pero el adjetivo quiere ser una descripción de la crueldad) genera un rechazo moral que supera el hecho de que si no concedemos entidad humana a ese cerdo sí tenemos sentido de nuestra dignidad por no provocar sufrimiento inútil.

Es el escritor Fernando Vallejo el que más cerca me ha puesto o me ha dado argumento moral en favor del veganismo. Para él, constatar que un ser vivo sufre, padece, o genera sentimientos de afecto hacia a ti (caso paradigmático: los perros en Occidente), hace imposible sacrificarlo y comérselo. Es una posición compleja para rebatir o puede que directamente imposible de hacerlo, porque además no se basa en el valor de lo natural, sino en algo propiamente humano como es el tener criterios éticos y morales. Lo natural sería el hecho de que en la cadena alimentaria unos animales se comen a otros y esos otros se comen a las plantas y eso lo hacen, justamente, sin hacerse ninguna pregunta moral. O eso creemos.

Lo que es seguro es que la naturaleza por la naturaleza, pierde. El granjero votante de Trump:

“Hay mucha, mucha gente que piensa que la comida crece directamente en el supermercado”, dice Schlichting, quien asegura no entender el desprecio de los urbanitas, que nunca han visto una granja de cerca, por la ganadería industrial. “Aquí teníamos una casita con las mamás cerdo y sus crías, unos 80 ejemplares. Salían a pastar, les dábamos maíz, pero luego llovía y hacía mucho frío y las mamás, intentando calentar a sus crías, las asfixiaban. Pero luego vas a unas instalaciones modernas y todo está limpio, no huelen, los cerdos están felices, están sanos… Y lo de los pollos criados en libertad y cosas de ese estilo me ponen de los nervios. Mejor tener un techo, agua y comida, que dormir al raso. Es todo ‘marketing”.

Mientras recuperaba el artículo para esta nota, sepultado en decenas de enlaces abiertos en varios navegadores, usar un buscador me llevó a otro ganadero que, curiosamente, no tiene aspecto de ser trumpista: es un caso de retorno de la ciudad a la vida rural para producir leche ecológica, el respeto teórico máximo a lo natural. También él considera que mucha gente piensa que la comida crece en el supermercado:

«Estamos ante una patología social que empieza con el ecologismo, evoluciona hacia el animalismo y termina con el veganismo. El problema de fondo es la ignorancia; el desconocimiento de que la naturaleza es un ciclo permanente en el que no hay momento para la piedad; la certeza de que todo y todos somos comida».

«No hay momento para la piedad». Qué cruel es la naturaleza, que nos hace comida. Una pregunta pertinente acerca de lo que es bueno para comer, es si la reconstrucción tecnológica de la carne animal a partir de plantas y evitar el conflicto moral de comerse un especimen con sentimientos puede tener en cuenta de modo suficiente el proceso por el cual durante centenares de años se han ido construyendo sabores y matices de olor, de amargor, dulzor y acidez: la búsqueda de la sublimación de los sentidos (también de los sentimientos) que producen unas chuletas de cordero lechal de raza seleccionada asadas en unos sarmientos al aire libre, por poner un caso evidente donde el aroma de la vegetación muerta quemada se impregna hasta el delirio en las células en descomposición de lo que nunca será una oveja. 

Quizá todo consiste en el olvido. Pocas personas tienen memoria gustativa de cómo sabe la mantequilla hecha de leche cruda. No tiene parangón frente a una mantequilla que, por otro lado, disfrutamos felices en una buena tostada abrasada con resistencias eléctricas (y no por el calor de la leña al arder). Pero protegernos de la naturaleza llevó a la pasteurización y con la pasteurización a la pérdida de sabores y matices. Si no queda nadie que lo recuerde, no quedará nadie que lo produzca. Si llega el momento en que una hamburguesa ya no es más de vaca pero sí de cereales y nadie la recuerda, la hamburguesa de cereales será la única memoria. Seguramente, dejaremos de discutir de todo esto: la naturaleza habrá sido dominada una vez más y no habrá necesidad de ser cruel o de pensar si lo eres. Los de mi edad quedaremos como viejos residuos de un mundo que se verá salvaje, cuando nosotros creemos que los salvajes quedaron olvidados en los libros de Rousseau.

 

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