Minorías

Dice la noticia que sólo el 0,3% de las búsquedas por internet que se hacen en España se realizan a través de DuckDuckGo. Para quienes no anden duchos en los arcanos de la web, ese sitio con nombre de pato al cuadrado es la alternativa que se ha puesto de moda entre usuarios «conscientes» de la incomodidad y probables riesgos de Google, ese Leviatán. Yo uso DuckDuckGo, por lo que parezco vivir en el 0,3% de la búsqueda. La inquietud es si es el 0,3% de todo. O, como mucho, el 2%, que es el uso que se le da en Estados Unidos. Menos todavía, son las búsquedas, no los usuarios activos, que debemos ser menos en la lógica aparente de las cosas.

Es evidente que soy un microorganismo digital. La primera inquietud es plantearse si uno vive en una realidad paralela. Paralelismo no es mejor o peor a priori, es ser inconsciente del otro lado.  Fumo, de vez en cuando, puros. Sólo habanos, nada de mediocridades. Dada la clara propensión al envejecimiento del fumador de cigarros y la tendencia a la extinción del mero consumo de tabaco, es una segunda forma de reclusión en una realidad alejada de otras. Es más, el puro tiene mala reputación pública y se asocia no sólo a una conducta indecente, alevosa e inmoral propia de banqueros y narcotraficantes, sino a olores fétidos y molestos para los demás. Quédense tranquilos: mi consumo de habanos es discreto, íntimo y a solas. No molesto a nadie. Si acaso, me molesto a mí, que me fastidia profundamente entregarle un sólo dólar al gobierno revolucionario de Cuba.

Bebo jereces y me ha dado por los coñás raros. El jerez en Madrid es un exotismo. En este pueblo de Alicante donde me he refugiado, parece que ni siquiera llega a exótico. No así en las mañanas y tardes andaluzas, luego convendremos que vivir en realidades paralelas no implica necesariamente convertirse en curiosidad cuantitativa. Sobre todo si tenemos en cuenta que soy defensor del rebujito, de venta masiva en las tardes de feria, considerado como una aberración que, en el mejor de los casos, se mira con la indulgencia de la sangría. La coctelería mal hecha resulta de una tosquedad que nos permite volver a separar líneas y tener nuevos paralelismos: fíjense, el paralelismo suele adjetivar la similitud, y aquí nos está resultando ser la divergencia, como cuando hablamos de islas. El rebujito me resulta sensacional con la gaseosa correcta (no: Sprite no, por favor) y una manzanilla elegante. Esto, tanto en Madrid como en Alicante, debe ser más exótico que el propio vino de Jerez que lleva.

No quiero leer novelas de menos de veinte años de antigüedad. Es como una especie de medida preventiva para no perder el tiempo. El poso de los años diferencia el grano de la paja y en la era de la dificultad para mantener la atención, hay que resignarse a elegir limitaciones. Que sean tus propias limitaciones y no ajenas, es la ilusión. Y es como estas letras que pongo aquí, de consumo particular, ignoradas por el mundo y sólo de vez en cuando leídas por señores y señoras que me demuestran su afecto así porque sí, asomados a este paralelismo desde un balcón. Todos tenemos derecho a ser gobernadores de la Ínsula Barataria que nos dé la gana. 

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