La pérdida del fin del mundo

¿Cómo decíamos? «Me quedé hasta la bandera», creo que era. No me suena que dijéramos «me quedé hasta el himno», que sí, que también, pero era menos simbólico. Te quedabas hasta la bandera porque la televisión, hubo un tiempo, se terminaba. Terminaba y terminaba el día, el mundo, casi que la vida porque ya no había nada más: ni almas en la calle, ni comercio, nada.

Terminaba muy tarde para los estándares laborales, pero puede que fueran solamente la una de la madrugada, como mucho las dos. Puede que con el tiempo se alargara, más con las televisiones privadas. Al terminar, la solemnidad y la tradición indicaban que el fin de las emisiones -diarias- se comunicaba con una imagen en movimiento de la bandera española y fotografías -estáticas- del rey en sus facetas civiles y militares acompañando el himno nacional. El formato cambió en el tiempo y con Franco se hacía lo mismo.

Mi abuela se quedaba siempre hasta ese final, dormida o despierta. Viendo lo que hubiera. La veías porque te despertabas en las noches de verano a por agua, pis o lo que fuera. Incluso la bandera y el himno la despertaban a ella porque funcionaban como un aviso y el cerebro sigue, al parecer, procesando el entorno: de la cabezada definitiva a la cama de verdad.

El mundo ahora no termina nunca. La parada televisiva era como una desconexión universal. Al no haber imágenes escupiendo ni contenido alguno, se había producido el regreso a tu pequeño agujero en los confines de la vía láctea. Ni había que hacer, ni posibilidad de hacerlo. La radio funcionaba, sí, pero pasados los programas noctámbulos y semigolfos, sólo quedaba música de cualquier género tirando a no estridente para llenar un espacio que, implícitamente, recordaba que el mundo estaba parado.

Conviene recordar que casi siempre se escribía a mano. Que los libros eran de papel y no bajaban por el cable del teléfono, las cintas de películas se gastaban o se habían devuelto al videoclub y no mucho antes tener películas en casa era una floritura de aficionados a la tecnología con productos obviamente caseros. O con dinero suficiente y ganas para apagar la luz y proyectar a una pantalla que no se sabe cómo cabía en los comedores de la emergente clase profesional.

El recuerdo me vino porque me senté en la madrugada a comprar café, con la certeza de que llegaría en una jornada. Y el día anterior una funda para un cacharro de los que tengo con la manzana en la parte trasera. Y al otro bajé una novela que decidí arrancar en ese momento. Hasta me hice un certificado de empadronamiento a eso de la una de la madrugada, el tiempo de la bandera.

Nada es lejos, todo es cerca. La vida no termina, continúa y no hay pausa, no hay instantes en los que estés apartado o no sostenido por ese hilo invisible que sabes que existe y al que puedes volver cuando levantas la vista o decides romper con el entorno. No era mejor, ahora puede parecer mejor por la añoranza del silencio, pero muchos nunca llegarán a saber que el mundo se terminaba todos los días tras una bandera y regresaba con una carta de colores.

2 Respuestas a „La pérdida del fin del mundo“

  1. Amalio Rey Dice:

    Muy bueno, Gonzalo, me ha gustado la analogía. Es verdad que la parada televisiva era como una desconexión universal. Era un aviso de corte y cierro. Ahora no nos avisa nadie…. ¡¡cuídate y duerme!!

  2. Gonzalo Martín Dice:

    Era…