Dando palmas con la cabeza

«Toítas las personas que tienen un defecto moral», cantaba Camarón, «Por consejos que le den / Nunca lo convencerá / Y siempre será quien es». Yo tengo un defecto moral: nunca ¿entendí? ¿me involucré? ¿sentí? ¿valoré? o tuve la paciencia y la limpieza de espíritu (o de prejuicios) para disfrutar con el flamenco. Qué digo disfrutar: alocarme despiadadamente para quemar los agujas de los discos, los cabezales magnéticos de las cintas, el láser de los cedés o la memoria de mi Mac con el cante jondo, que nunca he sabido por qué se llamaba jondo. Estará explicado en internet.

Este defecto moral me deja en muy mal lugar frente al doctor Piernavieja. Primero, porque no podemos disfrutar igual de bien juntos como lo hacemos con el güisqui. Y eso que una noche casi nos liamos a hostias en el San Román con un guitarrista -flamenco- al que llamamos gilipollas a la cara porque era, qué coño, un gilipollas y se merecía una mano de leches sin compasión.

En segundo lugar, porque no puede ser que si él es un tipo inteligente y cabal, capaz de hablar de caballos, vinos, güisqui y mujeres yo no pueda seguirle la corriente ni en el flamenco ni en los caballos. Es decir, estoy limitado, castrado e invalidado para alcanzar cotas máximas como gentleman ibérico. Y no tiene demasiado remedio: nunca podré con los caballos.

Pero sí pude sentarme a ver tres o cuatro biografías de Camarón. Un momento, que no todo es desierto: en mi casa siempre estuvo a mano un elepé de La Paquera de Jerez, un monstruo que adoraba mi madre. Y llegaron los discos de Triana y Lole y Manuel como una bajada del cielo. Es que eran tiempos donde, de la copla a la rumba, cualquier aproximación del gusto a la profundidad carpetovetónica eran saldados como una irremediable adhesión al subdesarrollo y la caspa. Como Raphael, pero a ver quién le tose hoy.

Decía San Bruce Springsteen que si veías a Elvis (moviendo las piernas) y no querías ser como él, es que estabas como una auténtica cabra: de repente ver las piernas de Peret tenían ese gusto inconfesable. Que viva la rumba. Que no pudieras evitar que tu mente se fuera hasta ese punto de libro de autoayuda («baila como si no te viera nadie») con Las Grecas, Los Amaya o Los Chunguitos es, o un síntoma, o un indulto en progreso.

Claro, idiotas, Los Chichos resultan tan horteras como lo era James Brown, negro tan proscrito como lo fuera un gitano. Pero en inglés suena todo estupendamente superior y se ve mucho menos que es ordinario. Aunque genial. Ni más ni menos.

Pero mucho individuo dirá que estas cosas son subgéneros del flamenco como patrimonio musical. Que por eso se le dice flamenquito al asalto instrumental y coral del flamenco al rock, al pop, el trap y lo que se ponga por delante. Quizá porque nos gusta y tenemos el defecto moral de no ir corriendo como religión al Festival de las Minas. Porque somos unos tarados y sólo nos gusta eso.

En plena biografía de Camarón aparece Alfonso Eduardo Pérez Orozco en unas imágenes en blanco y negro hablando todo solemne del futuro del flamenco. Es en blanco y negro, háganse una idea, y Alfonso Eduardo tenía melena, patillas y no se había jubilado. Se ha muerto este año y ya nadie sabe quién es: el documental lo presenta como Alfonso E. Pérez. No, hombre: Alfonso Eduardo.

El caso es que Alfonso Eduardo, como decía, todo solemne explicaba que el flamenco debía abrirse al mundo, es decir, a otras músicas. Claro: nos emocionaba el pop británico y el rock and roll, y Pink Floyd parecía la nueva música sinfónica. Tanto arte contemporáneo no podía ignorarse dentro del cante de la pobreza y el subdesarrollo porque ¿quién se siente inspirado en esas juegas flamencas, en esas imágenes, que son como de algo con lo que no creciste y a lo que no querías pertenecer?.

Pero es ahí cuando aparece el relato de cómo Camarón encerrado en el estudio con parte de sus habituales -no, no estaba Paco de Lucía- se sacan de la manga un disco que no compró nadie y el que lo compró lo devolvía porque eso no era flamenco. «La leyenda del tiempo» contenía, claro, «La leyenda del tiempo» y, oigan, «Volando vengo», que cuando Kiko Veneno (el compositor) lo recuperó en su vida de estrella pop arrasó con la clase media y las listas de éxitos. Ya está, Camarón reinventó el flamenco y el pop y todo lo que vino después.

Así que me pongo a quemar los circuitos de mi Mac y «La leyenda del tiempo» suena una y otra vez, lo que no me lleva a ser digno del doctor Piernavieja, el defecto moral permanece hasta que no sepa distinguir con tres compases una siguiriya de un fandango.

Aún así, se hace la luz.

Tenía yo pendiente preguntarle a mi estimado doctor Piernavieja qué opinión le merecía escuchar a C Tangana sometiendo, entre otros, al flamenco a las extrañas sonoridades del trap, a ese arte moderno donde el talento vocal y el instrumental no forman parte de los valores, porque es un arte de dominar programas de software.

La luz se hizo cuando descubro «Rosa María», donde Camarón y los suyos generan la misma atmósfera que C Tangana atornilla, como un extraño mecano, en los jaleos de su El Madrileño. Qué poco queda por inventar, cuánta innovación por mezcla y remezcla, Puchito. Tangana pone a Eliades Ochoa a versionar al Pescaílla, «se están muriendo de envidia / las flores, las estrellas y la mar bella / porque Dios te hizo, Lola». Otra vez el flamenco cruza su frontera estética para gustarle a todo el mundo y quitarse los complejos.

Hace un siglo que el doctor Piernavieja y yo no nos tomamos un single malt en Bogotá. Aquí brindo solo en mi mesa por esas noches. Toca cenar con Mate: convenimos que toda mujer colombiana, quiera o no, está representada en «Tu Eres La Reina», aunque deteste el vallenato y su estampa:

Pueden haber mas bellas que tu
Haber otra con mas poder que tu
Pueden existir en este mundo
Pero eres la reina

Las hay con coronas de cristal
Y tienen todas las perlas del mar
Tal vez, pero en mi corazón
Tu eres la reina

Es la mejor defensa del adulterio, superior incluso a ese momento en que Jack Lemmon lleva al jurado a apretar ese círculo de tiza que legalizaría el intento de asesinato de Virna Lisi (ay, Virna Lisi) en «Cómo Asesinar a la Propia Esposa». Sergio P. advierte: aquí -se refiere a la República de Colombia- todos tienen esposa, amante y amiguita. Hay gente que le perdona la vida al vallenato hablando de que son los viejos vallenatos los que son bonitos o admirables, aunque sea aquello a lo que no puedes pertenecer y, sin embargo, te gusta: del machismo a secas a la sensualidad convertida en delito social.

De nuevo me encuentro sometido a un género entre el repudio y la fascinación, por la sensibilidad y la representación de un entorno social que no es el favorito cuando crees que necesitas que la vida cotidiana se parezca más al frío ordenamiento nórdico, tan efectivo, tan confortable, tan distinto, tan lejano -oh, desarrollo- a la brutalidad de los sentimientos. O es lo que creemos.

En un género de tanta hipermasculinidad nadie recuerda que un clásico como «Sombra Perdida» tiene autora, con a, y no son sus famosos intérpretes a quienes conceder el mérito de esto que parece la respuesta de las reinas y que los reyes no advirtieron:

Un cielo colmado de estrellas
En noches veraneras fuiste tu para mi

Tu fuiste el ave de paso
Que vino a posar en mi vida

Hoy solo eres sombra perdida
Vagando en recuerdos de ayer

Otra vez las estrellas y los cielos. Como las de «Lola». ¿Puede C Tangana tomar un vallenato y llevárselo al trap y al flamenco y que se entreguen viejos y mayores? Como Camarón, Carlos Vives abrió el vallenato a otros arreglos para ganarse el rechazo. «Dicen que Carlos Vives ya no canta vallenato», llegó a componer, «Que no se les olvide si algún día siguen mis pasos / Cuando vayan a España y pregunten por Carlos Vives / Claro dirá la gente es el Rey del Vallenato».

El defecto moral resulta, curiosamente, ser un fenómeno invertido. El de no asimilar las sutilezas del arte, popular o no, cubierto desde el prejuicio y el de convertirlo en pureza cínica al rechazar el cambio. Cínica porque se te mueven los pies.

En España la culpa, como con todo, la tiene Franco y no la falta de criterio propio:

«Franco hizo un uso muy torticero del folclore como símbolo de la españolidad. La movida madrileña es una reacción a todo esto: la época más nefasta de la música española, aunque ahora sea culturalmente considerada una maravilla. Perdóname, si yo la viví: no era más que una pandilla de gamberros que no sabían tocar una guitarra», aclara. «¿En el país de Paco de Lucía, en el país de Vicente Amigo, vas a decir que tocaba la guitarra Hombres G? Venga, por Dios».

Caray, es la prensa antifranquista la que abrazó a los modernos. Los músicos de la movida (¿se les podía llamar músicos?) no tenían ni idea de cantar, de tocar la guitarra, ni de nada y lo copiaban todo, hasta el punto de decirlo muertos de la risa. Tampoco el punk destacaba por la sofisticación técnica de sus miembros y más o menos cambió el rocanrol. Pero lo cierto es que la movida se descojonó de todo, ensalzaron a los toreros y la copla y las hicieron pop aunque a la crítica le pareciera aberrante. Tangana tiene una voz de pedo amortiguado, pero termina surgiendo el efecto de la emoción. Además, el autotune es un instrumento más.

Sin embargo, doctor, cuando regreso a Camarón y a Paco de Lucía, hay una complejidad que hace que las neuronas encuentren una forma de encajarse que te genera alteraciones más profundas de la comprensión del mundo. Pasa con Juan Sebastian Bach, por establecer los vínculos con la fuerza de la tradición que hay que plagiar. Sugiere esto que digo que se padece del defecto moral de hacerse viejo por no vibrar igual con lo último de lo último.

Aunque, sí, se me mueve la cabeza con C Tangana.

2 Respuestas a „Dando palmas con la cabeza“

  1. ¿Doctor? Piernavieja Dice:

    Ay, mi querido amigo. Cómo echo de menos esas largas conversaciones en las que siempre aprendo, incluso sobre flamenco, aunque sumersé no se haya adentrado en las profundidades de lo jondo. Porque como todo arte, tiene unas raíces comunes y, quien domina las de un arte, conoce los secretos de los demás, porque no dejan de ser expresiones profundas desde la ética y la estética, expresiones humanas. O eso creo.

    Por cierto, quienes popularizaron el uso del término jondo fueron Manuel de Falla y Federico García Lorca cuando crearon el famoso Concurso de Cante Jondo de Granada en 1922. Pero antes ya se usaba el término (en publicaciones periódicas se utilizaba alguna década antes) tanto con jota como con hache: hondo. Si apareció su uso en periódicos y revistas, no es difícil imaginar que hacía referencia a la hondura (jondura) de ese cante. ¿Se imagina usted, mi admirado doctor, cómo pudo ser la conversación entre Falla y Lorca de la que nació dicho concurso? ¿De qué hablaron? ¿Dónde? ¿Qué defendía cada uno? No pagaría por ir al espacio, tan de moda hoy, sino por presenciar ese tipo de encuentros.

    Sobre su «defecto moral», debo decirle que no se sienta culpable. No es un defecto, es que todavía no se ha dado ese momento en el que a uno algo se le remueve dentro con el flamenco. A mí me pasó lo mismo hasta que se dio ese momento. Fue hace algo más de 20 años, una mañana de sábado cuando quedé con un compañero de universidad para dar los primeros pasos de un trabajo en equipo. Fui a la habitación del colegio mayor donde vivía. Llamé a la puerta, él todavía roncaba. Llamé más fuerte, por fin me abrió, levantó la persiana por la que salió el olor de noche de borrachera (la suya, claro) y entró el sol mañanero de Madrid. Y le dio al play en su radio cedé, y comenzó a sonar a gran volumen ‘Como el agua’ de Camarón. Esa música me entró dentro como ninguna antes. Sentí como si recorriera todos los huecos que nunca antes habían estado llenos y que estaban ahí, vacíos, esperando una música sublime. Ese momebto fue el clic interno que venció para siempre mi pensamiento previo e ignorante («el flamenco son cuatro gritos»). Lo siguiente fui ir a comprar ese cedé, y después vino todo lo demás.

    He de decir que me considero un defensor de la pureza del flamenco, si es que eso existe. Y a la vez disfruto y me divierto con cosas menos jondas, como la rumba y algunas cosas denominadas flamenquito. Y ya que usted los menciona, aprovecho para confesar mi devoción entre lunática y real por Los Chichos (enormes poetas urbanos del caballo, la delincuencia, el amor y sobre todo el desamor, incluso el malentenido amor). Hoy la mitad de sus letras les llevarían a la cárcel. Solo un ejemplo: «A esa calín yo la maleé porque no supo serme fiel / con ese jambo que vive en frente / que tiene coche y tiene dinero / la gitanita lo camelaba / porque le daba el bolsillo lleno». Solo dos apuntes sobre Los Chichos: con ellos también viví un momento de epifanía, y ellos también vivieron una evolución en su música evidente, sobre todo en los arreglos y en la incorporación de instrumentos, como buenos hijos de su tiempo.

    Mi querido amigo, esa epifanía le llegará con el flamenco. Yo mismo trataré de provocársela, aunque lo ideal sería que fuera totalmente espontánea. Se trata de que suceda algo que sea un disparador que le provoque indagar. Creo que para apreciar realmente el flamenco hay que ir más allá del impulso inicial, de que a uno le guste o le suene bien una música. ‘Como el agua’ de Camarón es fácil de escuchar, de apreciar, aunque 20 años después de escucharla por primera vez hoy veo cosas que no imaginé que estaban ahí, en esa voz llena de matices y en esa guitarra a su servicio.

    En aquel momento nunca imaginé que llegaría a emocionarme con el remate en el tercio grande de una malagueña del Mellizo. Tampoco lo busqué, simplemente sucedió. Creo que fue posible porque indagué, leí, investigué y le dediqué cientos o miles de horas a escuchar flamenco. Antes de irme a mi querida Colombia esos ocho años, tiempo en el que nos conocimos, iba a todo concierto que se celebraba en Madrid.

    Y eso ocurre con el flamenco porque es una música muy compleja y riquísima, inabarcable para alguien nada dotado para la música como yo. Complejidad y riqueza que no tienen Los Chichos ni C Tangana. Por eso oyéndoles nunca lloraré. No creo que nadie lo haga. Y sí lo he hecho en algunos instantes sublimes de algunas actuaciones de grandes cantaores, cuando se ha dado la conjunción de numerosos factores.

    Por eso estoy muy de acuerdo con todo lo que dice sumersé, que Dios me lo bendiga, y por eso en esta línea debería reproducir palabra por palabra su penúltimo párrafo. Y, qué coño, también el último.

    Todo esto merece hablarlo con ese güisqui, sin prisa, y a ser posible, sin guitarristas gilipollas.

  2. Gonzalo Martín Dice:

    Mi estimado doctor:

    Por una de esas circunstancias de la vida, me vi encerrado en el Palacio de los Deportes de Madrid escuchando a un grupo de franciscanos que, vestidos con un saco de nada, cuerda y sandalias semidesnudas, tocaban como los ángeles a los que se supone que veneran. Vi como ocho mil personas enviadas desde Estados Unidos a ver al papa Benedicto XVI se quedaban mudas y extasiadas ante la emoción. El asistente 8.001, un servidor de usted, quedóse también mudo y casi se convierte: sumersé sabe que soy tibio, lo que puede indicarle cómo era la fuerza del momento.

    Esa serie ¿de los ochenta? que fue Fama presentaba a aquél entrañable profesor de música que, un buen día, escuchando los comentarios de sus jóvenes estudiantes sobre la prostitución que suponía para un artista tener que ganarse la vida haciendo jingles publicitarios reaccionó advirtiéndoles que dieran gracias. Que dieran gracias de que existiera la publicidad y poder vivir de hacer música, sea la que fuera, porque generaciones enteras de músicos habían vivido en el hambre.

    No puedo por menos de recordar entonces a Luis Cobos, que fue capaz de añadirle una base de ritmo a Vivaldi y otros dioses y llevarlos hasta las discotecas. Lo que se puede hacer por el vil metal. Pero hay que comer, y como diría Vito Corleone uno no es nadie para decirle a otro hombre cómo tiene que dar de comer a su familia.

    Lo malo es que estoy seguro de que en su intimidad Cobos no sentía más que el cinismo de menear la cabeza porque siente (no piensa, siente) que Vivaldi y Bach son cosa seria y que uno, como con los franciscanos, entra en delirio con La Creación de Haendel y siente la emoción de dios, aunque no se crea en nada. Tiene su mérito. Aparentemente, cualquiera podría ser Georgie Dann, pero sólo uno puede repetir cansinamente «la barbacoa» y hacer dinero con ello.

    El escuchador de las bases de ritmo de Cobos ha aceptado concentrarse gracias a ello en prestar atención a algo que de otra forma no hubiera aceptado escuchar. Y le emociona. Se pierde infinitas posibilidades más y un músico se gana la vida. Es mejor que nada, seguramente. Pero, al final, sólo queda la emoción de quien te hace levitar, soñar y llorar.