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¿Es Kim Dotcom nuestro hijo de puta? Sí, hablo de ser como la leyenda – con visos de ser totalmente cierta – de cómo el Departamento de Estado obviaba la crueldad y obscenidad del sostenimiento de generales y terratenientes en célebres repúblicas bananeras. Nuestro hijo de puta porque ha enarbolado la bandera pirata, la de la innovación tecnológica, la del libertarianismo cibernético y el empoderamiento de la gente frente a gobiernos y monstruos de la propiedad intelectual. Pero, al hacerlo, no lo haría por una convicción moralmente sólida: lo haría como esos mismos generales y terratenientes que se presentaban como bastión del mundo libre torturando disidentes. Todo por una hábil capacidad de innovar con la tecnología para ganar estruendosas cantidades de dinero en los límites de la legalidad y la decencia. Aunque sea una legalidad más hueca y falsa que un dólar de madera.
Saludan en masa medios y tuiteros que Stone y Williams se sacan dos nuevas redes sociales (sic) de la manga. En esencia, cosas que ya existían: la primera, es algo que es como un tumbler y que permite agregar contenidos de otros blogs y espacios… es decir, cosas que ya se hacen con tu propio blog. La otra, es un foro de toda la vida en un remedo de Quora. Nuevo, todo nuevo.
La máquina de financiar servicios de Sillicon Valley apoyada en el impacto de los techcrunch de este mundo permite hacer pasar gato por liebre. Y los periódicos corren como locos a decir wow!. Veremos nuevas argumentaciones sobre cómo la web se sofistica buscando calidad y reducción de ruido… Ejem, el caso es que eso ya estaba. Es como lo de que las redes sociales ya no bastan.
Dice quien me ha descubierto esta versión de El Hospital que es mejor que el original. Lo es. Pero seguramente el preferir una versión poética, melancólica, alejada del cachondeo de la original sea, precisamente, porque se ve con melancolía lo que eran grandes éxitos de juventud. El tono divertidillo de cerveza en la mano en una barra se torna arremolinamiento en un sillón y decirse «yo recuerdo esto». Puede que, también, porque los hospitales terminan siendo premonitorios.
Mientras avanzo en la lectura de CT o la Cultura de la Transición se me produce un desencanto progresivo: el punto de partida que arroja en el comienzo Guillem Martínez a sus contribuyentes – «Lo no CT es la posibilidad de robarle al estado el monopolio cultural» – deriva en la sucesión de entradas en una frustración por la forma del fin del franquismo que sería destruida por el advenimiento de algo como el 15-M… casi como para hacer lo que la transición no hizo con el franquismo. Alguno llega a pensar que eso de la recuperación de la memoria histórica o el No a la Guerra no es pura CT (esto es, cultura de la transición) cuando en realidad es su glorificación máxima: la búsqueda de la superioridad moral e intelectual de una capa social perdedora que seguiría perdiendo y que tiene que ganar de una vez por todas.
Fracasada la legalización californiana, aparece diríamos que inesperadamente el papel del Uruguay. Sobre la cuestión de los motivos, no hay sorpresa: «Esta combinación trágica de corrupción está afectando a gran escala a México, Honduras, Guatemala y ahora a Ecuador y a Brasil. No queremos que nos pase lo mismo». Es mucho más interesante que el periódico (¿he dicho periódico?) diga: «Uruguay quiere convertir la legalización de la marihuana en eje de su política exterior». Droga y descargas se parecen como dos gotas de agua: las dos sirven para imponer controles inútiles a la población para los fines perseguidos, pero permiten construir todo un mecanismo de inspección y represión junto al mantenimiento de prebendas y privilegios, la mala calidad de los productos propia del mercado negro y sus males afines. Llegamos a pensar que Brasil iba a ser quién hiciera de la minoración de la propiedad intelectual el eje de su política exterior, pero el sueño, cómo no, se disolvió como todos los sueños hacker como lágrimas en la lluvia. Qué pasará, qué pasará… Godin nos lo contará.
“Le colocamos la soga alrededor del cuello. A continuación apreté el botón que abrió la trampilla. Durante un año tuve pesadillas. Aún las tengo de vez en cuando”
Al igual que sostengo que ver un programa malo de televisión con chat lo convierte en uno divertido, un viaje de varias horas de duración en tren, coche o avión (sí, en avión, que ya lo he probado) también se vuelve divertido chat en mano.
Supongo que como era una obviedad que no le entendían, fue y lo explicó. Me ha llamado mucho la atención no por sabido, sino porque llevo dándole vueltas a la misma idea varios días no sé si de un modo diferente, pero al menos con mis pálpitos, mi forma de dudar de las cosas y explicármelas. Al asumir desde el acervo indiano que cualquier análisis está supeditado a la ética hacker, ética que se presenta como propia, aceptada, con el bagaje, los matices y los discursos que son fruto de una evolución también propia, se está definiendo el marco de respuesta al fenómeno revolucionario de consumo que no sé si nos asola. (más…)
Lo que Sarkozy llama, en esas trampas del lenguaje sobre las que resulta casi imposible oponerse moralmente y que imponen una forma de debatir, internet civilizado no es otra cosa que un internet controlado. Un internet controlado es un internet intervenido y vigilado, inspeccionado y sometido al orden. Nada es casual: si junto a los gobiernos que reúnen en sus fronteras todos los derechos de propiedad intelectual del mundo y que no tienen dudas en su aspiración al control total de la sociedad por nuestro propio bien, a las operadoras de telecomunicaciones ávidas de decidir quien juega y quien no juega para seguir engordando la cartera de privilegios y beneficios más allá de lo que en buena lid podrían conseguir; a Amazon, Facebook y Google encantados de haberse conocido y con cara de jovenes revolucionarios pero dispuestos a entrar al juego para que nadie compita con ellos, la oveja está servida: ni siquiera podrá votar qué se va a cenar hoy. Mientras, todos emplearán el factor miedo y la democracia, esa quimera eterna, estará más ausente que nunca. Contemporáneamente, los grandes jefes de los conglomerados mediáticos son los ejecutivos mejor pagados del mundo. Y, claro, Vivendi sigue manteniéndose en la zozobra como única opción francesa en el juego. Tan francesa como Sarkozy.
P.D.: se advierte a lectores incautos que es probable que otros infelices escritores de la red vean que es verdaderamente guai que Amazon, Google y Facebook se sienten en el contubernio.
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