Artículos Etiquetados en: „televisión“

Vulgaridades

miércoles, 9 diciembre 2009

“Los políticos no saben qué hacer ni con la Red ni con la TV cuando la vulgaridad, es uno de los derechos del español.”

Quizá porque la vulgaridad no debiera ser competencia de los políticos.

Basura en la tele

domingo, 19 julio 2009
No sé por qué se inquietan tanto con estas visiones. Uno puede comprobar, por ejemplo, como Paquirrín es un claro ejemplo de lo que el dinero no da Salamanca non presta. Y todo ello sin contagiarse uno de nada.

HAL9000 en tus manos

jueves, 23 abril 2009

Todas las máquinas tienen un botón para apagarlas. Encuéntrenlo. A mí me encanta apagarlas a veces para pensar.

Tiene que ver con nuestra vida: apaguen la tele si creen que lo que ven no es limpio, decente o inmoral; cierren el wifi en cuanto piensen que ha concentrado demasiado sus entendederas. Pero vuelvan después.

El crítico moderado

lunes, 9 febrero 2009

Es cierto que hay que dar al espectador lo que quiere, pero con moderación

Lo asevera un severo crítico de televisión, supuesta una larga reflexión. Y, ahora bien, ¿quién reparte el carné de moderado?
(¿O es el de moderador?)

A los vigías de la higiene mental

lunes, 26 enero 2009

No es necesario que diga que Gran Hermano me parece una chorrada. ¿Y qué? A mí me encanta el fútbol, que, en esencia, es también una chorrada. Sí, Gran Hermano contiene altas dosis de basura, pero Milá, con sus excesos y su goce, la transforma en farsa. Gran Hermano es eso tan asqueroso y entretenido que llamamos televisión.

Cada dos por tres, teniendo que explicar que por ver sandeces uno no es necesariamente tonto. O teniendo que explicarles a los censores protectores de la moral, el buen gusto y sus versiones modernas, es decir, la supuesta basura, la dignidad de la mujer y los estereotipos sexuales y culturales, que yo tengo las mismas entendederas que ellos para percibirlo. Es decir, su contemplación no cambia el sentido crítico o el del humor de aquél que lo tiene, y parece difícil que establecer lo contrario, con o sin decreto, conduzca a que los destinatarios de la protección moral cambien sus actitudes como se desea por parte de sus santones.
Queda esa cosa de cambiar de canal o apagar la caja maléfica, argumento que se daba a los señores y señoras más tradicionales cuando la anatomía del cuerpo humano, casualmente la femenina, se mostraba con todo su esplendor en esos años ya pasados en los que los vecinos del país se acostumbraban a que la gente mostrara y dijera lo que se quisiese. Por hurgar en la herida de los nuevos perseguidores de basuras no obligatorias, se puede recordar que eso tan antiguo de los libros sigue existiendo, al igual que internet y sus posibilidades de elección (un pozo donde pueden darse los mismos y terribles conflictos que tanto temen los censores). Que perviven los buenos restaurantes, muchos de ellos modestos y de precios razonables, y que también lo hacen las sartenes y los perolos donde poner viandas a cocinar. Todas estas son alternativas al escándalo que deben darles paz de espíritu si sus vecinos no terminan de ser capaces de tener buen gusto y rectitud moral.
Perdón por la vehemencia.

Tongo

jueves, 8 enero 2009
La señora enseña a la cámara su décimo sin premiar y grita tongo. La curiosidad es que los cantores del colegio de San Ildefonso, esa particularidad del folclore español, se columpian – a todos nos puede pasar – y cambian un nueve por un seis. Así que la fortuna, siempre esquiva como demuestra el episodio, huye del modesto bar de la modesta señora propietaria y se va a posar qui lo sá, en otro pueblo. Grita tongo porque ella no tenía cámaras esperando a confirmar con su alegría y su champán que la felicidad había escuchado sus rezos y sus ruegos y en el pueblo agraciado ya estaban los reporteros poco menos que desde antes de que se cantara el número. Ninguna prueba, claro. Nada que objete el que a la vista de todo el mundo se cometiera y rectificara el error con visible obviedad de su fundamento. Dirá este comentarísta pidiendo perdón que la señora del tongo no era, como se dice, de un alto nivel cultural. Tampoco sus parroquianas, infelices perdedoras como ella de la felicidad que da el dinero (porque la da) demostraban la suerte de haber tenido instrucción. Y en ello llega la conjetura de la antropología casera, esa que tiene por observar cómo son siempre los pobres ignorantes los que protestan y ven tongo donde no lo hay y no tienen tanto ardor para la polémica y la denuncia con los tongos cotidianos: esos que dan kiosco, lotería, farmacia, estanco una televisión y cosas por el estilo a unos sí y a otros no. En su descargo, ni siquiera las personas ilustradas levantan la voz. Quizá porque en el fondo, y en eso reside la antropología casera, a lo que todos aspiran es a ser beneficiarios del tongo.