Es tiempo de paro y ha regresado el discurso de los otros años de paro. Por un lado, el insustancial mito de estar ante la generación más preparada de la historia, por otro el de los jóvenes de grandes carreras (no solo una, sino dos y tres) desesperados ante la falta de ofertas laborales a la medida de sus méritos. Atentos, no ante la falta de ofertas laborales, sino a la medida de los méritos que ellos reúnen. Haber conocido el paro de los setenta y los ochenta hace familiar todo esto.
Pero el discurso escondido de quien presume de sus carreras y no encuentra la plaza que quiere (dicen: o piden experiencia – caramba, es que la experiencia vale mucho y es lo que se acaba pagando – o está infracualificado), es el discurso de quien aspira a señorito: no estudió sus carreras por una motivación al conocimiento, no las hizo por el bien de aumentar sus oportunidades para desarrollar una trayectoria propia, sino esperando terminar para ser beneficiado con la plaza que le corresponde por el hecho de haberse sacrificado.
La que le corresponde, no la que se gana. Dirán que es triste que gente así se tenga que conformar con vender hamburguesas (¿es cierto eso?), pero yo no creo que sean más que vindicaciones de privilegio: yo no estoy hecho para ensuciarme las manos, quiero dinero para casarme y comprar casa ¡ya!. Dirán que, sin incentivo para formarse al ser irrelevante para obtener trabajo, no habrá motivación para formarse. No lo sé, tonto él. Es ese sustrato de viejas abuelas que esperaban que el niño hiciera una carrera para ser médico o abogado y tener respeto y vida resuelta, sólo que ahora con carrera dos y máster tres.
Sólo queda el presunto drama tercero: abocados a la emigración. Como si emigrar fuera una condena, en vez de estar preparados para desarrollar su destino allá donde puedan hacerlo. La imagen trágica de la patera y el tren camino de Alemania con maletas de cartón, en vez de ver el beneficio de poder encontrar un destino donde no te lo dan. Las lágrimas por el desarraigo en un mundo global.