Fue un golpe seco en Barajas. No sé por qué regresaba al mostrador de facturación y el sujeto venía precisamente de abandonar el mostrador de facturación. Sólo llegué a verlo de espaldas, una espalda que me pareció enorme, era mucha la altura de diferencia entre el golpeador y el golpeado. Pero acerté a escuchar como decía «perdón» y vislumbrar cabellera y perfil por el tiempo suficiente para saber que el obstáculo caminante era Semprún, que se le quitaba el Jorge casi siempre. Yo llevaba «La Escritura o la Vida» en la mochila y creo que ya sabía que García Márquez nunca terminaba de leerlo porque cada vez que se encontraba con alguien le regalaba su ejemplar y él compraba otro para poder seguir leyéndolo. En fin, que lo primero que pienso es que llevo «La Escritura o la Vida» y en el segundo siguiente tras vislumbrar el perfil lo que recuerdo es que yo iba a decir «un momento, por favor», sólo que al instante siguiente – tímido o respetuoso que, según se mire, es uno – me dije: «ya te pillaré en otro momento». Supongo que para hablar.
Nunca se debe querer conocer a los artistas que por alguna razón hacen cierta mella en ti, decepcionan. Pero eso no lo piensas cuando estás embrujado y te han provocado horas de ansiedad literaria, el deseo inagotable de ir detrás de cada libro, cada rastro. Si hubiera sido Justin Bieber, te llamarían fan, palabra para el vómito. Por tener, guardo en casa un libro que pillé de descuento en no sé dónde que, en francés, se titula «El Madrid de Jorge Semprún», y es una espantosa colección de fotografías de Madrid que hace un francés que no se ha enterado de nada. Pero en ese allí se escribió «El Largo Viaje». Después llegaría su hermano Carlos para explicar la visión de la retaguardia de la familia exiliada, siempre jocosa y viperina y nunca teñida de la penumbra sufrida de la antítesis de Primo Levi. Familia desarraigada y con conexiones débiles, repleta de relatos trágicos o semitrágicos, de abandono o de pérdida de la infancia como Edén, Carlos planteaba cuestiones punzantes sobre la mezcla de personajes reales y ficticios en las novelas-testimonio de Jorge. Llegó a llamarle kapo.
Pero qué más da. Queda la literatura y la emoción. ¿Pudiera haber alguien que supiera tantos versos de memoria como Semprún, Jorge? Pregunta que me hacía con cada libro ¿De verdad los sabía de memoria? Irrelevante. Pero sobre todo la emoción se centraba en el nudo profundo de la identidad, la identidad que le llevaba a decir que lo que le definía como exiliado y como hombre, lo que le definía vitalmente, era ser un rojo español. Eso era todo. Un rotspanier. Y yo leía la idea de rojo español como una dimensión ética y una dimensión romántica, un empeño resistente, a contracorriente, un corte de mangas, una liberación hacia la historia negrísima del país que te ve nacer, una forma de vivir la vida alejado del entorno. Así que la única patria que he llegado a sentir era la de ser un rojo español, y que me perdonen, dicho con todo respeto a los rojos de verdad, por aquello de la persecución, el abandono por unos y por otros, el padecimiento y la inquina. Eso no me tocó. Pero puestos a imaginar patrias, no conocía una mejor. Después, España llegó a importarme un carajo como angustia existencial y como razón de nada. Pero rojo español era lo mejor y más interesante vitalmente que podían ofrecer las existencias y los cuentos y leyendas de la generación que venía antes.
Así que, adiós. No conversamos al final. Quién sabe: siempre pensé que el documental pendiente era sentarle con Santiago Carrillo, tantos años después, y ver qué podían contarse del choque y cómo sería el encuentro de dos ancianos sin nada que perder ya. Por ver cómo es el rencor si lo hay, los ajustes de cuentas personales, la redención. Ensoñaciones de aprendiz de artista. Pero adiós también a los mitos del exilio, la derrota, y todo lo demás.