Como sucede con Larry Lessig, la revisión de patentes y propiedad intelectual que The Economist siempre pone encima de la mesa, tiene un punto de extraño amagar y no dar. Les lees, y la descripción de los males de la propiedad intelectual son tan evidentes y rotundos que no terminas de entender por qué, al final, le perdonan la vida. Es decir: es como si el plano teórico fuera rotundo, pero pasar a la acción o sugerir que hay que dar un paso y otro paso hasta la victoria final, tuviera el mismo final marxistizante que casi sugiere el tono de mi descripción. Y eso suena mal. No descarto, claro, el sano e imprescindible escepticismo a que las cosas no sean así y la complejidad del asunto requiera más espacio y complejidad de reflexiones. Pero ambos lo tienen, sin embargo.
La cita de hoy sobre el affaire Apple/Samsung, no deja lugar a dudas:
To be sure, some of these things were terrific improvements over what existed before the iPhone’s arrival, but to award a monopoly right to finger gestures and rounded rectangles is to stretch the definition of “novel” and “non-obvious” to breaking-point.
El resto de las descripciones están a la altura, y no esconden un cierto desprecio interior ante esta excepción temporal que es la patente. Pero después pide reformas y reformas, menos patentes y menos jueces. Es poco sensible pedir el tiro en la nuca, claro. Son tan finos – y acertados – que explican que incluso la cosa va por el propio bien de Apple.