En cuanto le dejan, Juaristi suele recordar a Gabriel Aresti: «¿Te preguntas, viajero, por qué hemos muerto jóvenes, / y por qué hemos matado tan estúpidamente? / Nuestros padres mintieron: eso es todo». Aresti es casi un mito juvenil para mi: en la escuela de la primera democracia, alguien debió introducir los primeros síntomas de lo que luego se llamó pluralidad y en nuestro temario de literatura de algún momento entre el fin de la EGB y el transcurso del BUP apareció el euskera como una lengua con escritores: Harri eta Herri era el ejemplo y no entendi(mos) nada, no ya porque el vasco no estuviera al alcance de nadie, sino porque era un mensaje raro. Piedra y Pueblo. Yo me quedé con los ojos como platos, pero en mi memoria me chirría aún más la sensibilidad y naturalidad con la que nuestra maestra vallisoletana, carne de Delibes, dedicó su tiempo a Gabriel Aresti y el euskera. Siempre ha quedado como mi única y verdadera razón para aprender la lengua vasca, aparte de lo divertido que es verle la cara a un guipuzcoano cuando le das dos frases viniendo de Madrid. Derretidos como niños. Les quiero.
De niños hablamos. De sus ojos, sus sensaciones y sus memorias. De los cuentos de hadas. De los relatos para dormir o para decir bueno o malo, caca o susto. Cada verano familias repletas de ideales acogen en sus casas a niños saharauis. De la arena y la nada, recaen en hogares frescos, con piscinas cercanas, barriadas con árboles, neveras llenas, bicicletas y caramelos, televisores con dibujos animados. Después, vuelven al desierto: ¿cuál es el shock? Las animadas familias repletas de sentimientos – tan honrados, tan sencillos – aspiran a que el nuevo hijo o primo psicológico regrese un año más. Y otro más. El exilio saharaui no sólo se apoya en quienes sustentan la causa, sino que entrena al hijo de la tierra saharaui en castellano y con referencias hispánicas, nada que ver con el marroquí, el enemigo, que entrena a sus hijos en francés y tiene un rey que compra las corbatas en París.
El relato es que los padres perdieron la tierra. Iniciaron el éxodo hacia una frontera sólo reconocible en un mapa y se dedicaron a hacer la guerra a un ocupante oportunista, igualmente guerrero, abusón y antipático para la cultura de la reconquista ibérica. Están cerca los cuarenta años desde el inicio de la tragedia. Cuarenta años en los que no ha habido rendición, sólo el atasco permanente, la espera, la pugna. La vida en la arena apartados de todo, continúa. Pero en cuarenta años aparecen cohortes y cohortes de hijos que nunca estuvieron en la tierra perdida y que, nadie suele decirlo, tendrán que vivir su propia vida. Nunca tuvieron nada, pero las canciones de los padres dicen que deben regresar a por lo que les pertenece. Pero los veranos españoles pueden hablar de otra tierra y el futuro deseado influye más en el presente que el pasado: Marx advertía de cómo la tradición de las generaciones muertes martilleaban las conciencias de los vivos, los cuentos del pasado sirven para escenificar el futuro aspirado. ¿Puede el hijo del desierto que veranea en piscinas ibéricas redefinir su futuro para narrarlo olvidando las historias de los padres pensando que, por ejemplo, prefiere un futuro hacker a cocinar en la arena? Jugar en una playstation desata vocaciones: ¿tengo esperanza de llegar alguna vez a la tierra prometida y, una vez allí, para hacer qué? Eso es generalmente, espacio para disidentes y no suele ser la ruta de los pueblos.
El sionismo real lo crearon judíos laicos o asimilados a la sociedad gentil, casi renegados del judaismo. Los judíos ortodoxos y religiosos rechazaron el regreso a Sión al comprobar que era una ideología producto de la ausencia de dios y sin vocación de crear un estado donde la Torá fuera la ley, un estado donde la jerarquía rabínica fuera la gobernadora de la comunidad. Pero el relato del futuro de quienes fracasaron en ser aceptados por los gentiles una vez ellos dejaron atrás su esencia judaica, fue más poderoso en un contexto único: la tierra prometida llegó. En los márgenes de Canaán habitan los hijos de los huidos hace setenta años. Generaciones que sólo pisan la tierra a recuperar, cuando la pisan, para regresar a dormir. O que la ven desde un alto. Donde el futuro se ha convertido en ausencia de esperanza y donde el regreso es una canción de los padres y los abuelos muertos. Tarde o temprano, se desafina:
Fuck Hamas. Fuck Israel. Fuck Fatah. Fuck UN. Fuck UNWRA. Fuck USA! We, the youth in Gaza, are so fed up with Israel, Hamas, the occupation, the violations of human rights and the indifference of the international community!
En un caserío de Aramaio, concluimos que los desahuciados del Sáhara han perdido: otra generación no puede entender la añoranza de los padres por seguir viviendo atrapados, lavando platos sucios en la arena. Pero me dicen: «también hemos perdido nosotros». Las palabras eusquericas que emplean los hijos no son las de los padres, y la madre siente que ha perdido la guerra y que las palabras de sus antecesores cuidando los manzanos y los pinos de enrededor morirán con ella. Bernardo Atxaga hace que su protagonista de El Hijo del Acordeonista se reúna con sus hijas y metan palabras vascas en cajitas y las entierren como quien entierra un muerto.
La vida es de los vivos. Los relatos de los padres, sus mentiras y sus justificaciones son la vida de otros mientras que el futuro deseado sigue influyendo más en el presente que el pasado: sueños del futuro. Alvin Toffler y señora ya explicaron que los padres educan a los hijos por su imagen del futuro, pero los padres son malos predictores del futuro si tratan de proyectar únicamente su pasado: generaciones cazando y pescando conducirán a enseñar a cazar y pescar, aunque lo que tengas enfrente es un molino de agua. Si no tuviste nunca la tierra que dicen que te adeudan, si enfrente tienes otro como tú, con cara y ojos, el tiempo está de tu parte. Es cosa de encontrar la canción.