Pero, ¿dónde está la sorpresa?

Dice el reportero: “Facebook se enfrenta a una multa de 100.000 euros por guardar datos de usuarios que habían decidido eliminarlos”. Todo porque “Max Schrems, de 24 años, ha decidido plantarle cara a Facebook tras descubrir que esta red social mantenía 1.200 páginas con datos personales sobre él, a pesar de que había decidido eliminarla”. No me digan que esto no se sabía. No me digan que no conocen a alguien que no lo haya comprobado: yo lo hice. Por supuesto, lo que es nuevo es la habilidad activista, “Schrems pidió a Facebook una copia de sus datos en el mes de junio, y a partir de ahí cuando recibió el CD que contenía toda su información se dio cuenta de que ese contenido, previamente suprimido de su perfil en los tres años que llevaba unido a esta red, aún permanecía”.

La multa, caiga o no, son cacahuetes. Para el criterio hacker, la prueba de que entregar el control de tu identidad a un servidor ajeno – mucho más si tiene tintes de monopolio, como los tiene Facebook – no es una buena idea. Para quienes ven la evolución de la web plenos de optimismo, la presión externa y el posible desprestigio, la vigilancia (llamémosle así) a la que están sometidos estos servicios obliga a limitar su poder. No es incierto, aunque como mínimo es frágil. La multa es, desde luego, el camino para invertir en lobby (el secuestro de los reguladores por quienes tienen dinero para pagarlo si uno se pone fino, el ejercicio legítimo de la influencia si uno se pone optimista): si la ley no me gusta, la ley se cambia. Las excusas son siempre grandiosas: la protección de los niños, el terrorismo. Bueno, na, que me pongo conspiranoico.

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