El último mito romántico del periodismo se torna huérfano

Tengo por costumbre desmitificar al periodismo. Hasta el punto de que puedo sostener y sostengo (uf) que la crítica de la vida pública y el desvelamiento del abuso de poder político o de las corporaciones en su relación con los consumidores – esa esencia del mito del cuarto poder – ocurriría del mismo modo si se garantiza el acceso crítico a la información aunque no exista una clase periodística destinada a dar noticias y comentarlas a través de empresas que hacen su cuenta de resultados con ello.

Es decir, que una cosa es el negocio de los contenidos y otra la democracia, la crítica, la desvelación de secretos y el control de calidad subsiguiente a las afirmaciones, los datos y sus interpretaciones vengan de quien vengan. Ese resultado de la era comúmente denominada digital.

En ese ejercicio de, si se quiere, cinismo, es común que recuerde en conversaciones con periodistas que siguen repletos de su propio romanticismo que ninguno puede esperar ser Gabriel García Márquez (esto, por cierto, lo tomé de Mario Tascón en una conferencia) o desvelar el próximo Watergate. ¿Dijo Watergate? Resulta que el hecho de que fuera el Post, Woodward y Berstein los que derribaran a Nixon con sus informaciones es otra leyenda más, incluso en cierta forma desmentida por ellos mismos:

“The heroic-journalist interpretation minimizes the far more decisive forces that unraveled the scandal and forced Nixon from office.”Those forces included special Watergate prosecutors, federal judges, bipartisan panels of both houses of Congress, the U.S. Supreme Court, as well as the Justice Department and the FBI.

¿Y ahora qué hará Pedro J.? Bueno, y los mismos que siguen creyendo que estudiar una carrera de periodismo es algo que se corresponde con la salvación del mundo.

Mientras tanto, sus sucesores se lo siguen creyendo.

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