¿Bochorno?

Relajadamente, como es su costumbre, el amigo José Miguel refiere las ya seguramente harto conocidas opiniones de cierto ministro español sobre la conspiración judeomasónica del momento: malvados especuladores escriben editoriales malintencionados y retiran el dinero de la nobilísima y solvente deuda del Reino de España. Otros menos relajados cuentan corriendo que en cierto blog de tan británico diario como el Financial Times las opiniones del ministro en cuestión se califican como simples.
Mirado con detenimiento, es verdad que parece el cuento de caperucita. Mirado con detenimiento, uno aprecia que un respetable ministro no puede ser escaso de luces. Que más bien es consciente de lo que dice en lo que tiene de falsedad o recreación mental y lo que tiene de muy medido efecto propagandístico. Son cosas del poder. Y cosas de los humanos, no diré que maleducados o poco instruidos únicamente, la de buscar tres pies al gato y el gobierno oculto del mundo. No es mala estrategia para mantener la fortaleza de los afines. Es tan vieja como el mundo, pero especialmente visible desde que la propaganda es una ciencia.
El señor ministro es un destacado hombre de izquierdas. Seguro que de sólidas convicciones. La pregunta es si un hombre de izquierdas puede deliberadamente recurrir a la propaganda, a eso que aprendimos con nazis y soviéticos que consiste en repetir mentiras hasta que son verdad sin rubor o sin tener problemas de conciencia, eso de lo que nos advertía Orwell (qué haríamos sin él cada vez que miramos al poder). Nos aclara Fernando Berlín que la propaganda es cosa de otros. Uno pensaba que los humanos compartían como mínimo una genética defectuosa que les lleva siempre a terribles elecciones morales con desenlaces poco afortunados en tantas ocasiones. Pero resulta que el mismo Berlín ya advierte que hay unos genes más defectuosos que otros:

«No es lo mismo cuando se hace desde un partido de izquierdas que cuando se hace desde un partido de derechas y no lo digo desde el dogmatismo, lo digo desde la autoridad moral».

No es una cita proveniente de este caso, sino de otro incidente. Qué más da. Porque resulta fácil concluir que de ahí a que el fin justifica los medios no queda nada. Blanco está salvando España, caramba. Como un Guardia Civil que cumpla su juramento, quien lo viera.  Con lo que llegamos al patriotismo y su categoría de refugio último de los canallas. De los scroundels, pondrían en el Financial Times que deben tener más fresco en la memoria a Samuel Johnson.

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