En el patio del castillo

Mi padre me enseñó cómo defenderse de un perro. Era sencillo: hay que tener un palo y llevarlo hacia su boca, controlar la posible mordedura haciendo que su hocico y dientes tropiecen con el palo. Conviene recordar que, de toda la vida, las viviendas advertían con azulejos esmerados «cuidado con el perro»: es que ahora los perros son tus hijos.

Mi padre creció en su pueblo. Trato de imaginarme qué pensarán los del pueblo cuando leen que han de tener un carné o una licencia para tener un perro. En el pueblo de mi padre, pasa como en todos los pueblos: los perros vagan, están dentro y fuera, echan la siesta al sol, no molestan a nadie. Y sí, si son agresivos es porque tienen miedo o alguien les educó para dejar de ser pacíficos. Pero todos saben qué hacer con su perro, y qué no hacer.

Al subirse a los trenes de larga distancia, ahora hay que mostrar tu carné de identidad. Digo ahora, porque nunca lo pidieron. La mayoría de la gente que me encuentro antes de subir al tren, aún no lo sabe: el viajero frecuente se entrena pronto, el turista se encuentra inconvenientes inesperados. La escena implica que has de mostrar tu billete con una mano (atento a si la pantalla telefónica se oscurece en su afán de ahorrar batería), el DNI con otra y, en algún lado, soportar una bolsa de mano y tener el equipaje real a la vista. Todo se alarga, todo se entorpece.

Debe haber una buena razón para pedirlo. Al menos, súbitamente: pero me pregunto cuántos casos de suplantación de personalidad se dan y cuánto impacto real tiene en el transporte.

Me envía uno de mis accionistas un correo electrónico anunciándome unas subvenciones de una cámara de comercio de provincias. «Son fáciles de pedir, aunque no es mucho dinero». El suficiente para que pueda cubrir los gastos de publicidad digital. Mi alma minarquista se siente profundamente avergonzada mendigando de los artefactos estatales, pero me debo a quien me paga y a la propia supervivencia de a quienes pago la nómina.

Es poco dinero. Puedo aspirar a 7.000 euros más o menos. Eso si me toca, porque la institución sólo tiene una cantidad cercana a los dos centenares de miles para repartir entre los solicitantes. Debe decirse que en un rasgo inusual en este territorio, será por sorteo y no por valoraciones de evaluadores que no sabes quiénes son. Será porque las cámaras no son intrínsecamente estatales, pero sobreviven por un marco jurídico impuesto por un gobierno. Varios, en realidad.

El documento para recibir siete mil euros, desborda las diecisiete páginas. Diecisiete. Que habrán sido redactadas (aunque haya corta-pega) y revisadas por un abogado, por un funcionario a cargo del programa, por la persona que tiene la autoridad de firmar. Y han de ser publicadas en una página web e informar al público de que existe esa liberalidad con el dinero.

Es fácil de pedir: dedico unas horas a luchar con el certificado digital que me permite firmar a distancia y con garantía jurídica la participación. Por algún motivo, los usuarios de determinados sistemas operativos tenemos más problemas que los otros. Siempre mejor que ir en persona, claro está, pero viendo cómo funciona y cómo los notarios te envían sus copias digitalizadas te preguntas si lo que han hecho es digitalizar el siglo XIX y no diseñar en el siglo XXI. Soy un quejica.

Después, imagino que tienen que: analizar una por una las solicitudes, comprobar que todo es correcto, contar si hay o menos solicitudes que dinero, aprobar que se haga sorteo o no, comunicar a los felices receptores y a los tristes perdedores, pedir la justificación del gasto (el dinero se da después), comprobar que está bien y pagar. La suma de horas de todos los funcionarios implicados a cualquier tarifa horario no sería difícil que superara el importe a repartir en subvenciones. Los siete mil euros no te garantizan ninguna salvación de la cuenta de resultados, especialmente porque has de tener el dinero y, en algún momento, te llega: algo que no sabes si llega, es como esperar a la lluvia si tienes que regar.

Puede que sólo me pase a mi, modesto agrimensor: que observo de una creciente complejidad y acumulación de trámites y requerimientos cuyo coste de cumplir y tramitar desborda los beneficios que el riesgo de simplificar tendría. Sí, me dieron otra subvención – qué vergüenza, repito – que me costó horas de preparar adecuadamente y de pugnas administrativas, tanto para recibirla como para justificarla. Al echar cuentas, me dieron el equivalente a lo que yo había ingresado al Estado por IVA e IRPF en todo el año. Pero, mientras tanto, el estado se gastó el dinero recaudando y gastando con el mismo efecto final que tendría si yo me hubiera descontado el dinero de las respectivas declaraciones. Hay algo entre diabólico y kafkiano en todo esto.

1 Respuesta a „En el patio del castillo“

  1. Luisonte Dice:

    En China el carnet de identidad o el pasaporte han sustituido ya en gran medida al billete del tren. Lo que no es necesario empieza a ser el propio billete cada vez más aunque aún conviven ambos.
    Subvenvionilla nuestra de cada día, dénosla hoy. Por sorteo pudiera ser lo más justo llegado un punto. Hay teorías incluso de democracias donde los diputados se eligirían por sorteo. Ojo. Al menos pudiera tener sentido que de las dos cámaras una fuera por sorteo.
    A nosotros ahora nos llega una subvención que habíamos olvidado de hace mucho tiempo. La ineficiencia es tremenda.