Naciones en disolución

El buen David tiene en su recopilatorio de frases para afrontar el presente la siguiente: “si no queremos asumir los costes de la independencia, ¿por qué no inventamos otra cosa?”. Los papeles se aprestan hoy a informarnos de que el deseo de independencia de los flamencos, que han votado masivamente a un partido que aspira a la independencia, no es, en realidad, un deseo real: sólo el 9% de los flamencos la querrían.

¡Estas cosas no se terminan de saber nunca porque nunca se preguntan de verdad: son juegos de papel y estadística. Las encuestas son hoy día una especie de complemento falso de la democracia que consiste en tomar individuos como gotas en el mar y, si lo que sale no me gusta, no se plantea la cuestión: decisión práctica, porque suele permitir vivir con las ventajas de la amenaza sin los costes de ejercerla. Decisión práctica, porque la demoscopia tiene también sus virtudes y se supone que aporta información que nos ahorra disgustos.

Este vicio no sería únicamente flamenco: los habitantes de Carpetovetonia sabemos un rato de independencias aspiradas, preguntas no realizadas y conflictos etéreos repletos de Historia para arrojarle al vecino. Una de las cosas maravillosas de la variante local es cuando se le pregunta a los vascos si querrían la independencia y se pone una casilla que dice: “depende de las condiciones”. Una estupenda casilla refugio que sirve para justificarlo todo: si se dan, la tendríamos, a saber cuáles son, pero mientras podemos ser unos tipos responsables postponiendo nuestra indecisión y asumiendo el mito nacional que queramos con todo confort intelectual. ¿Pero qué se tiene que dar? Volveremos luego a la cuestión.

Mientras, hacemos una parada en la casa de la reconstrucción del mito constitucional doceañista español pasado por agua y tantas veces con aspecto de arma de destrucción masiva: el colaborador no sabemos bien si está entristecido o lo celebra, pero a buen seguro está resignado a algo con esta descripción:

Una comunidad política sin más identidad que la civil, y que sería capaz, en consecuencia, de integrar las diversas identidades y lealtades nacionales que nos caracterizarían como españoles. El problema que siempre planteaba la famosa fórmula de nación de naciones desaparece por disolución de su primera parte, que deja paso a algo así como un país o una comunidad de naciones. Si alguien no lo remedia, parece que eso es lo que va a ser España a partir de ahora

A eso lo llaman España postnacional, un revoltillo de ideas para salvar la idea de España y en la que, curiosamente, le dan las gracias al actual primer ministro, casi responsable de que España sea ahora la roja y que eso sea estupendo. Algo que si Don Paco levantara la cabeza… (digresión: ¿no es suficiente venganza de la historia la cosa como para seguir con paripés pseudorepublicanos?). Pero si miramos atentos, tomadas aisladas las palabras postnacional, identidad civil y comunidad (me olvido ahora de naciones), contienen algo interesante. Mucho más la expresión de “disolución de la primera parte”.

Cada vez que cruzamos la frontera de Las Indias tropezamos con la profecía de la descomposición del estado nacional, ejemplificado en su grado extremo con la amenaza de un México transformado, si no lo es ya, en un narcoestado. Pero, ¿y si disolución y descomposición fueran procesos simultáneos con salidas diferentes en función de cada entorno resultando uno en hecatombe el otro en otra cosa parida con dolor por supuesto, con los hechiceros de la nación gritando y llorando por el paraíso que se pierde, la pérdida definitiva del que no llegó y la nueva narración del que no existió? Incógnita: porque nadie es consciente de que pueda haber otra cosa, no sabe lo que es y no sabe que la quiere.

El vasco al que se le deja la opción del “depende de las condiciones” sería como el relato del diario sobre la contradicción flamenca. Es un mundo sometido a decisiones binarias: uno o cero. Independencia o no independencia. La lógica de la creación de estados nacionales, la lógica de las independencias del colonianialismo, la lógica de las identidades negativas: ser vasco es no ser español, ser flamenco es renunciar a ser belga. Los partidos nacionalistas flamencos y vascos encuentran una salida práctica ante las dudas sobre  “las condiciones” y las dudas de una población enfrentada a la paradoja de llamar extranjero (y casi enemigo al tener que ser un anti-yo) al vecino con el que pasa las vacaciones o al que le vende vino de forma satisfactoria: seamos confederación con Europa, pero seámoslo nosotros y no intermediados.

Negamos la primera identidad, esa que se disuelve, pero dotemos de ese vínculo emocional que supone la no-soledad, el hecho de que seguro que podremos seguir bajando a Marbella a tomar pescado frito y ya no tenemos que perdernos lo que nos gustaba de vivir comerciando juntos. La lógica nacional es la de los mapas políticos, barreras psicológicas en forma de líneas rojas que conllevan reducir al mundo al riesgo de perder la opción de tener parientes en plano de igualdad cuando se cruza la raya. En realidad, el nacionalista de segundo orden espera poder disolver la nación de primer orden para construir otro estado nacional que permita imponer una identidad en vez de establecer las condiciones para elegir mis relaciones y mi propia identidad (no eso de la “identidad propia”) dejando la cuestión vecinal – donde tienes el camastro y fabricas el pan – en cuestión civil.

Hipótesis: hace falta dejar de odiar España para poder destruir España. Las encuestas portuguesas dan como resultado el fenómeno apasionante de que el portugués, cuya identidad se construye para defenderse de España, aceptaría su integración en esa España como salida ¿a qué? Cabe suponer que percibe como éxito lo que en su caso, si no es fracaso, al menos es insuficiente. La necesidad de salir de España del catalán y vasco independentista se vende más allá de la lengua y el folclore en la visión de España como lastre, es decir, como freno o fracaso. Artur Mas, hace años: “que nos dejen volar”. Volar no es huir, sino esencialmente no me ponga impedimentos para vivir, porque si los pone, huiré.

La burocracia estatal, la unificación de soluciones y el sometimiento a un nodo central decisor que aspira a soluciones universales bajo su poder es lo que no deja volar. Si tengo Bruselas como escapatoria para calmar el miedo a la pérdida de los lazos afectivos, me agarro a Bruselas; si puedo mirar a España como una vía rápida a más prosperidad (al menos soñada),  la miro: hasta un grupito de exiliados cubanos se ha hecho su reinterpretación del retorno a la metrópoli. Imaginemos entonces: la disolución de España por aproximación afectiva al crear un espacio jurídico de integración, terminaría con España. Qué descanso.

Pero depender de las palabras España, Portugal, Cuba, etc., como estados nacionales fracasados o en camino acelerado al fracaso, al igual que de las palabras Euskal-Herria, Catalunya o Flandes, que son la constatación de un fracaso previo, termina creando un puzzle que hace pervivir la querencia psicológica a las líneas rojas de los mapas. El otro David bueno, Ballota, me pide que escriba sobre política en Nación Red. Y yo creo que empezaré con una pregunta: ¿quieres nación o quieres red?. Por pensar en otra cosa.

[Otra cosa: ¿cuando más de una alternativa puede ser simultáneamente posible? Cuando todas las opciones son posibles y existe plurarquía]


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3 Respuestas a „Naciones en disolución“

  1. David de Ugarte Dice:

    Muchas veces se confunde el estado nacional con el estado a secas. Cuando señalas la diferencia te suelen preguntar a qué se parecería un estado no nacional, un estado basado en el principio de ciudadanía y no en el de nacionalidad. Yo suelo decir que se parecería a un ayuntamiento… aunque tal vez debería corregir, ahora en España los ayuntamientos empiezan a tener en cuenta consideraciones "nacionales" en demasía… tu idea me gusta mucho, aunque temo que más de uno se lo tomaría a la austrohúngara o a la yugoslava, con las "nacionalidades" en el registro…

  2. Gonzalo Martín Dice:

    Bueno, no lo llamaría "mi idea": es una mirada al entorno: lo cierto es que la gente tiene aceptada a sus vecinos y anda perdida ante una estructura organizativa (primero el estado nacional centralizado, luego el descentralizado) que no le sirve: no es solo es que no puede el estado actual soportar sus costes de "bienestar", es que la complejidad de las decisiones, su acumulación, es imposible que sea eficiente con sus estructuras. La gente se aferra a la identidad contraria a la que representa el estado nacional para justificar su lucha contra ese modelo incapaz de responder a sus necesidades… y cree que un estado nacional alternativo a su escala lo resuelve. Quizá sea más solvente, pero no resuelve el problema: la noción de extranjero, la noción de ruptura con gente con la que se comercia y convive choca en el fondo de sus mentes, pero no encuentra solución. En cierta forma: que no me rechace un hospital si estoy enfermo porque me llaman forastero donde antes era vecino.Los rezagados (¿Portugal?) encuentran una buena idea subir de clase y, entonces, la identidad nacional empieza a ser prescindible. La conclusión es que si yo fuera nacionalista español buscaría este tipo de soluciones entre la federación y la hansa (¿venecia?) para que la idea psicológica "española" (más medieval) perviviera. Si no, simplemente es un nodo que estorba en una red más distribuida en la práctica. El conocimiento, la información libre circulando hace que, como en tus relatos de la diplomacia empresarial, los territorios que integran el estado nacional "oficial" busquen perfectamente su salida con su propia política internacional. Por poner un ejemplo obvio. No tener un mecanismo que integre este tipo de actividades imparables en una forma que genere algún tipo de cohesión conducirá a la ruptura, por disolución o descomposición. Y no creo que tarde.

  3. Aspirantes a naciones | Criticidades Dice:

    […] de unos y ceros, dependencia/independencia, una nación o la otra nación, no permite plantear otra cosa, pero sin pretenderlo aflora la existencia de lazos y redes que serían el espacio […]