Secuelas de una prospección sobre la coherencia

Ponía Versvs el dedo sobre los reclamantes de clemencia por las subidas de impuestos y apretaba haciendo ver que esos mismos indignados exigían los gastos que los impuestos deben cubrir. Coherencia. Releído, me parece más profunda aún la falta de consistencia: porque lo que entraña la oposición a la subida de impuestos es una rebelión contra la reducción de sus recursos que les parece legítima cuando no les afecta a ellos.

Este argumento se verá siempre rodeado de protestas bajo el tono habitual: eso de que pague más el que más tiene, por supuesto, sin saber o no querer saber hasta dónde más se le debe pedir que pague ese que tiene más: ¿la mitad de lo que tiene les parece bien? ¿tres cuartas partes? Y, ahora, que hay que esforzarse más, ¿se ha de esforzar el solo, más aún que lo que ya le pedían?. Implícitamente supone un que se joda simplemente porque tiene más que yo. Seré fusilado al amanecer: como me sigo pagando las medicinas con mi dinero, al menos dénme el derecho al pataleo.

El problema de la coherencia no termina ahí. Porque lo que ha existido es complicidad. Tomemos dos relatos periodísticos: uno es verdaderamente fantástico, el del pueblo de Extremadura en el que desde su ayuntamiento se ha orquestado un fraude masivo a la Seguridad Social. Ojo, con los representantes del pueblo. De un pueblo muy, pero que muy en favor del progreso. Fijémonos en que lo de defraudar a la Seguridad Social – que alguien debería decir que es casi un oxímoron – era una cosa de empresarios canallas. Lo que aprendemos de la historia es que los vecinos han participado entusiásticamente en tener de todo sin pagar nada sin ningún tipo de complejo. Lo llamarían justicia social o algo parecido.

El segundo relato es el del auge y caída de la televisión valenciana. Por supuesto saqueada, inoperante desde los mitos sobre la televisión pública, ha crecido – a pesar de las quejas ideológicas de algunos de sus miembros – con todo el mundo encantado de conseguir un empleo allá. Y votantes a los que les importó un pito. Como a todos los demás. Sírvase para tener un ejemplo de una historia protagonizada por otra versión ideológica de la extracción constante de dinero para la mayor gloria de quiénes lo extraen.

Con cotas de paro de sonrojo y que nos resisten la más mínima comparación con cualquier otro país en funesta crisis, no hay un solo llamamiento a la libertad de poder ganarse la vida: no, los mismos que se quejan de la subida de impuestos no piden que les dejen vender tabaco, loterías, aspirinas, periódicos donde quieran, abrir una tienda a cualquier hora. Ni siquiera surgen negocios para dar servicio a la gente que sólo puede ser atendida en domingo por la noche o fuera de horas, todo lo demás recargos por urgencia casi en lo abusivo: ¿quién te lleva la ropa planchada el domingo por la mañana? ¿O a las once de la noche, que es cuando llegas? No, tampoco se indignan porque un recién contratado con sueldo mínimo reciba sólo la mitad de lo que le cuesta realmente a su empleador. Ni siquiera entenderán que están restando posibilidades de crear esos trabajos.

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