¿Qué fue de las Chicas Martini?

Al aterrizar en Teherán, nos separaron del resto de pasajeros y nos subieron, en la misma pista, a un vehículo cuyo interior resultó ser un taxi de Almodóvar mutado estéticamente como un affiche del orientalismo decimonónico. Era un honor, no una prevención de seguridad de un país que no visitaba nadie y rodeado de fantasmas sobre la verdadera vida cotidiana en un suelo de velo obligatorio, sin perros y sin permiso para bailar. El honor se manifestaba en un término muy específico: very important commercial people. Es decir, no eras lo suficientemente bueno para ser VIP, porque sólo lo eras commercial, pero te otorgaba un trato deferente. Lo paradójico es que no íbamos a comerciar, sólo a recorrer el país con un plan muy metódico que fue transformado por el anfitrión que, nunca supimos por qué, tenía la capacidad de librarnos de las aduanas, de esperar de pie por nuestras maletas y que, en cambio, pudiéramos hacerlo sentados en una sala tan orientalista como el taxi, pasando por escaparates de caviar con cupo de venta limitado y un helado de azafrán que nunca habíamos visto ni olvidaríamos.

El anfitrión era el padre de la Chica Martini 1, una mujer no muy lejos -por arriba o por debajo- de la treintena, casada con un señor que creo recordar que era médico con el mismo aspecto de edad y que era amiga de la Chica Martini 2. De edad aproximadamente similar, divorciada de un irlandés, tristemente atrapada en Irán porque se divorció del irlandés, más osada en vestuario que la Chica Martini 1. Todos ellos, anfitrión, Chica Martini 1, Chica Martini 2, el esposo -aunque este era más moderado- y la esposa del anfitrión bebían alcohol de modo furibundo y como una venganza o, más bien, como el acto de rebeldía permanente que se remataba al llegar a las casas: al retirar el velo, el hijab o el chador, debajo de esas coberturas, destacaban las mismas modas con ombligos al aire propuestos por cualquier Zara de la Península Ibérica y más allá.

Al anfitrión le conocimos en la misma puerta de su casa. Sólo se nos permitió dejar nuestras maletas en un vergonzante hostal (vergonzante para nosotros, porque viajar cuidando el dinero no encajaba con el tratamiento de very-important-commercial-people) antes de acudir al domicilio de este señor, su esposa y la Chica Martini 1. He olvidado todos los nombres, por eso son Chicas Martini: mi amigo David, afilado de lengua, tras comprobar la consistencia de la combinación alcohol-ropas ligeras-baile (siempre dentro de los hogares, eso sí, porque lo contrario no era posible como se imagina) definió esa relación de amistad como un anuncio de vermú recordable por cualquiera.

El anfitrión nos esperaba en el rellano con un vaso en la mano. Dijo que era un destornillador, el cóctel de vodka con naranja que usualmente está teñido de naranja: este no, era transparente con trazas de que alguien hubiera exprimido algo del cítrico. Esencialmente, nos invitaron a tomar alcohol sin ningún tipo de discreción. La esposa del anfitrión caminaba con bandejas y doblaba su cintura hacia nosotros los invitados postrados en nuestros sillones con pistachos y otras delicadezas que ya no puedo recordar. Lo que no olvido es su amplio escote que, al bajar, sin rubor alguno, dejaba una visión casi completa de unos senos de ninguna manera pequeños y blanquísimos. No es lo que uno espera de una sociedad tradicional y con normas tan estrictas de vestimenta.

En las horas siguientes se bailó o algo parecido. Se chapurreó el inglés -las Chicas Martini, notable alto- y se esparció el licor como si no hubiera un nuevo día y se esperara la invasión de los extraterrestres: vino tinto, por lo visto procedente de las misas de los armenios y que sí se permitía elaborar, pues los ayatolas respetaban las religiones minoritarias. Cerveza Tuborg, qué rica que está, importada clandestinamente desde Turquía. Luego aprenderíamos que en el centro de Teherán te susurran al oído vodka, vodka y cualquiera puede acceder al vicio. Tan parecido a como te ofrecían costo en Malasaña en los ochenta: todo completamente prohibido y completamente impune. Desde luego, el vodka era la estrella de la noche. Añadiría que también lo era de los días del anfitrión: lo conoció mi ex-mujer en Madrid, cubriendo una obligación de cortesía de su acaudalado jefe quien, por misterios de este mundo, tenía socios iraníes con fuerte vocación para la ostentación (no es broma: se limpiaba los dientes con billetes de cincuenta euros en vez de palillos). Se trajo a Madrid a una especie de encargado para todo, un mayoral si fuera una finca, o un capataz que se movía por las entrañas del Irán revolucionario defecando en los mullahs cada treinta segundos explicando que él adoraba a Zoroastro y que sirvió en el ejército de Su Majestad, el Sha de Persia. En dos horas de cena con sushi de primera división, no probó la comida y terminó con una cantidad incontable de destornilladores.

Durante la fiesta, indudablemente iniciática, se discutieron nuestros planes de viaje. La Chica Martini 2 los definió como hectic, pero sobre todo mostró una preocupación realmente seria por el hecho de que, en uno de nuestros trayectos, íbamos a recorrer el norte en un periplo de nueve días…. sin alcohol. Al final nuestro conductor nos mostró cómo encontrar cerveza -Tuborg, siempre Tuborg- en cualquier pueblo sólo preguntando por la calle. Si topábamos con retenes de la policía, se ocultaban con ropas o lonas: siempre estaban en el interior de la furgoneta y nunca pasamos verdadero temor. Aunque, sinceramente, creo que fue un acto que excedía el nivel de gamberrada y podría haber tenido consecuencias molestas.

Recorrimos el país de arriba a abajo. La mitad con un conductor al que no le funcionaba un ojo y, en el bueno, tenía pérdida parcial de la visión: en cada curva maldecía al régimen. Comimos casi siempre mal en las calles, pero los hogares privados hacían delicias. Visitamos decenas de cementerios con caídos de la guerra de Irak: tenían dimensión de epidemia. Caminamos por bazares infinitamente de las mil y una noches pero vacíos de turistas o del intento de seducir al extranjero que colma tu paciencia en Marrakech. Hablamos con la gente que se acercaba con la excusa de practicar idiomas e inquirían por nuestra visión de su país: estaban resignados a que el resto del mundo les odiaba. Vimos mujeres pintadísimas de las que nos informaron que era prostitución pura y dura amparada por ciertas interpretaciones coránicas. Escandalizaban -por su amplitud- a la gente de a pie: no era la moral lo que preocupaba en ese lamento, sino su vinculación con la necesidad.

Nos despedimos del anfitrión, de su esposa, de las Chicas Martini y el esposo médico -cicerones incansables por todo Teherán- en una cena en un restaurante clásico que ofrecía música tradicional persa. Se nos llamó la atención porque las dos Martinis decidieron mover sus hombros al son de las notas sin siquiera levantarse de sus sillas. Bebimos botellón clandestino porque infiltramos en el restaurante vodka en botellas vacías de pepsi de naranja (teñidas mínimamente de gaseosa, por si se descubrían). Y reímos, que también era sospechoso. Nunca pude tener certeza de si eran chiquilladas comúnmente amparadas por todo el mundo -tal era la tranquilidad con que el anfitrión hacía estas cosas- o si eran verdaderas actitudes de riesgo ejecutadas por un insensato. Dejémoslo en la virtud de que debió ser algo cercano a ambas posibilidades.

Han pasado veinte años. ¿Qué fue de las Chichas Martini? Ambas tenían decidido que no iban a tener hijos porque aquél era un país sin futuro. Nos acompañaron con entusiasmo porque tener conexión con personas en el extranjero y la posibilidad de marchar abrían la esperanza. Se dijo: la próxima vez os veremos en Madrid. Creo recordar que emplearon el canal del magnate de los billetes de cincuenta euros -quien también decidió forrar el vaso de su piscina de oro, aunque el tipo dejaba las cuentas sin pagar- para tratar de ser invitadas a España o algo similar. Y que pudo ser tedioso: cierta sensación de que íbamos a ser una especie de rehenes de nuestro viaje. Nunca vinieron o nunca las volví a ver.

Una vez el avión alcanzó su altura de vuelo y se soltaron los cinturones de seguridad, todas las mujeres cubiertas de chador o hijab se lo retiraron inmediatamente. Lo mismo sucedió en la entrada al país: una colección de mujeres exquisitamente arregladas y con cabelleras trabajadas con profusión no se cubrieron hasta que el comandante del vuelo anunció el descenso sobre Teherán. Teniendo en cuenta que se trataba de la compañía nacional iraní, la sensación de que aquello era un mundo de ficción, una botella de vino espumoso a punto de estallar sin control, no dejó de acompañarme en tres semanas de recorrido.

Son pocos los días desde que cada noche llegaban las imágenes de la represión masiva, violenta y teñida de sangre, de las calles de la antigua Persia: una gente que alardeaba de su sofisticación como civilización por contraste con sus vecinos árabes, a los que veían como auténticos bárbaros. Ahora veo caer las bombas. Qué habrá sido de ellas, me pregunto todo el tiempo. Es de esperar que nuestro anfitrión haya muerto de cirrosis en el mejor de los casos. ¿Pero qué clase de vida han podido llevar estas mujeres, que eran jóvenes, en estas dos décadas en las que el champán ha estado a punto de saltar varias veces y nunca lo hizo?

A primeros de los noventa conocí a Gala Smetanko. Una joven ucraniana que «huía» de su vida post-soviética como estudiante en Moscú desesperada porque ni su especialización en la economía planificada tenía algún valor en el capitalismo que se abría paso, ni su retorno a los despojos de la Unión Soviética se podía comparar con la tranquilidad de estar sentada en un pisito de Vallecas donde era recibida por otra amiga de la que el tiempo también me ha despojado y que no sé donde encontrar. Gala desapareció en Moscú y alguien declaró que regresó a su tierra, Ucrania. Antes de separarse de Rusia. Desde que empezó la guerra me pregunto dónde estará. Qué habrá sido de ella.

La mayor borrachera de mi vida me la cogí en Teherán. La última borrachera de ciertas dimensiones, fue también en Teherán. La última vez que vi a Gala, me sonrió como nadie nunca lo ha vuelto a hacer. Puede que sólo sea que mi memoria ha seleccionado esas borracheras y esa sonrisa como las que tienen que sobrevivir al resto de labios y de excesos. El destino es un azar: es inevitable pensar que has sido un ser afortunado porque te tocó vivir en entornos donde has podido evitar -al menos, hasta ahora- el derrumbe de los sutiles equilibrios que te pone el entorno y que condicionan tu nivel de tristeza y alegría. No quiere decir que hayan tenido finales tristes o desgraciados: ¿quién me dice que no viven felizmente en un suburbio de París? Pero mi interés un tanto desesperado por tener una respuesta que me deje tranquilo, es decir, que el río de la historia no las haya conducido a la tragedia, me dice que empiezo a ser pasado. Que necesito poder narrar finales felices porque quiero imaginar, para mi, un buen final.

2 Respuestas a „¿Qué fue de las Chicas Martini?“

  1. querolus Dice:

    Es una lástima que ya nadie escriba en sus blogs y, a la vez, es reconfortante que sigan siendo refugio. Mientras el enlace RSS no se rompa, mi lector de feeds seguirá esperando el afloramiento de estos diamantes.

  2. Gonzalo Martín Dice:

    Más asombroso me parece descubrir que había alguien aquí fuera. Bienhallado.