La caché dormida y las aves del paraíso

El destino de los mitos es ser desmontados. Al final del día, el mito no es más que un relato que se cree verdadero y que en su versión más amable sirve para soportar la insoportable levedad del ser, con permiso de Kundera. Tiene la virtud de que, al basarse en la pura creencia, puede ser reescrito a conveniencia abriendo interesantes posibilidades para el bien y el mal. La cuestión de fondo es que mitos son, y como cualquier búsqueda de la verdad – eso que llamamos con todo respeto ciencia – falsables por definición. En general, y con todas las limitaciones sobre las posibilidades reales de tropezar con la verdad absoluta, la mirada permanente y consistente a los datos y a los registros de datos, da una buena fuente para por lo menos falsar lo que termina no siendo consistente con la acumulación de datos. Y el mito se va al guano.

Por ejemplo: en plena euforia de la industria del entretenimiento para vender apocalipsis mayas, unos investigadores afirman haber encontrado un calendario de estos indios que desmontaría la idea de por sí absurda de la determinación del fin del mundo. Qué bonito para dibujar cómics y llevarlo al cine. La tradición está repleta de casos de grandiosos fiascos. Es de una belleza estructural el mito de las aves del paraíso, bellas por sus plumas espléndidas y colores increíbles y bello por el autoengaño que contiene. De acuerdo con esta versión, que nos sirve para la construcción del caso sea o no cierta, los europeos confundieron los restos disecados de ciertas aves de Nueva Guinea que venían en el barco con el que Magallanes regresó de la vuelta al mundo, creando una infundada fuente de valor a las plumas de estas aves.

Puesto que los nativos de la zona disecaban los pájaros sin huesos ni patas, los europeos inventaron extrañas explicaciones para dar sentido a esta carencia, hablando de aves etéreas que «viajaban en el cielo en un vuelo sin fin, se alimentaban del rocío y del néctar del árbol de las especias» e ignoraron las explicaciones de los propios integrantes de la tripulación sobre las costumbres de los nativos. El mito duró dos siglos hasta que alguien trajo una piel completa, con sus patitas y sus huesitos y la creencia de una procedencia mágica o sobrenatural de esas plumas tan bonitas dejó de existir. Vaya, otra vez un paraíso que deja de serlo, paraísos que se imaginan siempre en islas lejanas con algo de trópico y estados de vida primigenios o idílicos donde la prosperidad no se discute y la justicia y la felicidad se dan por hechas.

Las ínsulas originarias funcionaron como una caché dormida. Un almacenamiento de datos que puede aflorar de modo inesperado modificando o confundiendo la página que consultas. Con vida suficiente, los testigos de la recogida de las primeras pieles hubieran funcionado de caché. Podemos entonces ensayar una especie de alegoría sobre la honestidad. Si se quiere sobre la integridad. Nuestras memorias escritas contra servidores autoreplicantes son el banco de datos que permite rastrear los huesos y las patas de nuestro deseo de ocultar los cambios de opinión, los desenamoramientos y las defensas apasionadas de juicios que se tornaron en fiascos. El fiasco más frecuente, sin duda, es el de comprobar que tu conducta no es consistente con los valores que proclamaste en escritos binarios.

Se avecina un futuro interesante de arqueología de redes. Una posible ciencia de reconstrucciones para conocer el pasado de las Beta-2 de este mundo.  La búsqueda de los textos originales de enlaces que, hallados en el buscador, perdieron su versión cacheada de la original o terminan en un error 404. Relatos que se renovaron en un punto y que tiraban hacia atrás de conectores que alguien decidió borrar pero que, por azares del destino, otro alguien había copiado en un correo electrónico. Y del correo electrónico se pegaron en artículos que quedan en borrador en servidores que, también, corren el riesgo de morir porque alguien no pagó al proveedor a tiempo. Lo decían los maestros lejanos de la cibercultura: que la audiencia sabe más que tú, que de cientos de ojos escrutando el código sin organización predeterminada afloran los bugs que dejaron los otros.

Be careful what you wish. Be careful what you delete. Cuidado con los puentes que se derrumban. Cuidado con tus paranoias. El tópico de la distancia de un clic, de los grados de separación reducidos al pasar del papel y los sellos a los muros, los foros y los haikus digitales, es una extraña bella durmiente alojada en células nerviosas donde virus atrapados esperan a ser irritados. Puede que la vida digital sea la vida de seres permanentemente infectados y enfermos de mentira pero a los que únicamente factores ambientales adversos les conduce a erupciones cutáneas que desaparecen cuando cambias de ambiente hasta que, en ese ambiente, resurgen los elementos tóxicos, justo cuando alguien tropieza de nuevo con una caché dormida.

Los Comentarios han sido desactivados.