Un señor con una bolsa de la compra

Le tengo manía a Mercadona. Por eso me paso al supermercado de enfrente, que es un Consum, y lo vivo como una guerra entre valencianos. Quizá haya que decir «levantinos». Lo ignoro.

Miren si Consum es chulo, que el film transparente para envolver toda clase de comidas es infinitamente mejor que el Albal de toda la vida: esto puede formar parte de las cosas completamente intrascendentes de lo cotidiano, pero es de esos pequeños juegos de aparente inteligencia mundana que hacen formarse una identidad: yo, explicándole al mundo por qué puteo a Mercadona, mientras me hablan de no sé qué crema de un euro.

Decía Ferran Adrià que respetaba profundamente a McDonalds por su capacidad de dar de comer por un par de euros. Pues seguramente deba yo también mis respetos a Mercadona por la proeza de poner cremas de mano a un euro y emocionar a una, dos, tres y cien mil señoras. Pero las almendras fritas de Consum, ah, son fantásticas y en Madrid ni El Corte Inglés me las pone tan ricas ni tan baratas.

Les puedo hablar en un arrebato de consumismo del aceite de oliva virgen que traen de temporada. El que compra mi padre a granel es mejor, pero éste no desmerece nada y ahí lo tienen. Como unas morcillas de Onteniente que son puro dulzor y que yo hago acompañando unos guisantes. Y unas cajitas de lomo de orza cortado en tiras finísimas que hacen que el lomo, que en esta preparación suele quedarse seco por dentro, sea una maravilla: las hago como si fueran unas magras con tomate.

Me pregunto si la intrahistoria de Unamuno era esto.

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