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Tongo

jueves, 8 enero 2009
La señora enseña a la cámara su décimo sin premiar y grita tongo. La curiosidad es que los cantores del colegio de San Ildefonso, esa particularidad del folclore español, se columpian – a todos nos puede pasar – y cambian un nueve por un seis. Así que la fortuna, siempre esquiva como demuestra el episodio, huye del modesto bar de la modesta señora propietaria y se va a posar qui lo sá, en otro pueblo. Grita tongo porque ella no tenía cámaras esperando a confirmar con su alegría y su champán que la felicidad había escuchado sus rezos y sus ruegos y en el pueblo agraciado ya estaban los reporteros poco menos que desde antes de que se cantara el número. Ninguna prueba, claro. Nada que objete el que a la vista de todo el mundo se cometiera y rectificara el error con visible obviedad de su fundamento. Dirá este comentarísta pidiendo perdón que la señora del tongo no era, como se dice, de un alto nivel cultural. Tampoco sus parroquianas, infelices perdedoras como ella de la felicidad que da el dinero (porque la da) demostraban la suerte de haber tenido instrucción. Y en ello llega la conjetura de la antropología casera, esa que tiene por observar cómo son siempre los pobres ignorantes los que protestan y ven tongo donde no lo hay y no tienen tanto ardor para la polémica y la denuncia con los tongos cotidianos: esos que dan kiosco, lotería, farmacia, estanco una televisión y cosas por el estilo a unos sí y a otros no. En su descargo, ni siquiera las personas ilustradas levantan la voz. Quizá porque en el fondo, y en eso reside la antropología casera, a lo que todos aspiran es a ser beneficiarios del tongo.

Una bicileta, y ya nada más

martes, 6 enero 2009
Dice el niño en la tele. Le interrogan por su carta a los reyes. No es el único en simplificar y una lectura taimada de la forma en que los niños se expresan conduce a la conclusión esperable de que la clase media, a la vista del valor de las hipotecas, ha tomado medidas para que los sueños tengan lo que se supone no tienen: límites. Uno imagina todo tipo de artimañas, como la invitación a la mesura como virtud, la solidaridad con el resto de niños del mundo – los reyes, claro, tienen que visitar a todos y también sus sacas son finitas – y hasta el peso a soportar por los pobres camellos. Siempre, por supuesto, está a disposición del progenitor la posibilidad de alimentarse de su propio sueño: guarda un décimo de lotería en el bolsillo.