A partir de una Administración hipertrofiada, la nueva clase política se había asegurado un sistema de captura de rentas -es decir un sistema que no crea riqueza nueva, sino que se apodera de la ya creada por otros- por cuyas alcantarillas circulaba la financiación de los partidos.
César Molinas: un señor que en un artículo en El País describe a la perfección lo que ha sido la clase política española y que tiene un futuro libro sobre ello. Es imposible no estar de acuerdo con nada de lo que dice, porque ha sido el espectáculo de quién tiene edad para recordar quiénes son los unos y los otros, de dónde se ha venido y cómo se ha adornado. Aunque, para ser honestos, uno piensa que no cuenta nada especialmente nuevo. Pero lo verdaderamente misterioso es que el diario en cuestión lo publique de modo destacado y como dando a entender, sin que parezca que no tiene nada que ver y que no ha participado en la fiesta que describe el autor. Más abajo, añade: «La política y sus aledaños se han convertido en un modus vivendi que alterna cargos oficiales con enchufes en empresas, fundaciones y organismos públicos y, también, con canonjías en empresas privadas reguladas que dependen del BOE para prosperar». El BOE, ese sitio que decide las televisiones y cómo han de ser sus cuentas de resultados, motivo por el que siempre se encontrará alguna causa indignante para echarle a un primer ministro a la cara.
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Como sucede con Larry Lessig, la revisión de patentes y propiedad intelectual que The Economist siempre pone encima de la mesa, tiene un punto de extraño amagar y no dar. Les lees, y la descripción de los males de la propiedad intelectual son tan evidentes y rotundos que no terminas de entender por qué, al final, le perdonan la vida. Es decir: es como si el plano teórico fuera rotundo, pero pasar a la acción o sugerir que hay que dar un paso y otro paso hasta la victoria final, tuviera el mismo final marxistizante que casi sugiere el tono de mi descripción. Y eso suena mal. No descarto, claro, el sano e imprescindible escepticismo a que las cosas no sean así y la complejidad del asunto requiera más espacio y complejidad de reflexiones. Pero ambos lo tienen, sin embargo.
Unos ingenieros dicen, y uno tiende a mirar con el ojo taimado a los ingenieros, que España necesita producir. Todo ello si el periodismo no lo ha interpretado a su manera: sirva de eximente a cualquier mala intención que pueda tener un servidor sobre los ingenieros. La cuestión culmina, tras diversos y razonables argumentos sobre la necesidad de reindustrializar y consolidar un tejido empresarial de este tipo, afirmando que se trata de «una cuestión de Estado». Y es ahí donde surge mi natural proceder de fino capullo en busca del cabo suelto.
César Calderon proclama el retorno a los blogs y la ineficacia de las redes sociales para defender un discurso. Lo hace teñido de los viejos planteamientos del ciberpunk. Está bien. Pero le he sugerido revisar el discurso: no se trata de una alternativa por un momento político con una televisión pública más o menos obscena, es por pura autonomía personal. Mejor comenten allí (he cerrado los de aquí, como verán): el corolario es que hay que convencer a César de que esos plugins que llevan la conversación a Twitter y Facebook sin que nadie aporte nada es uno de los temas a terminar… para poder defender la autonomía y el poder de los blogs.
Evolucionar constituye una infidelidad, a los demás, al pasado… a las antiguas opiniones de uno mismo…
Cada día debería tener al menos una infidelidad esencial, una traición necesaria. Se trataría de una acto optimista, esperanzador, que garantizaría la fe en el futuro.
Lo más alucinante de todo el tono periodístico es que se mira con lástima a los que hacen de opositar al estado una profesión… sólo de leerlo uno se pregunta si todo el esfuerzo que hacen en opositar lo dedicaran a buscar trabajo en el sector privado y a crecer dentro de él… Pero, espera, dirán que no hay oportunidades y que no les gustan los sueldos… En realidad, a lo que aspiran es a que les demos un cortijo de por vida. Y se sienten legitimados. De delicia lo de estar «en incertidumbre», como si los demás no lo estuviéramos siempre y de por vida:
“Hay una muy buena razón para matar a estas personas. Me lo repito una y otra y otra vez”, afirma Will, otro oficial. “Pero nunca te olvidas de lo que ha ocurrido”
Ponía Versvs el dedo sobre los reclamantes de clemencia por las subidas de impuestos y apretaba haciendo ver que esos mismos indignados exigían los gastos que los impuestos deben cubrir. Coherencia. Releído, me parece más profunda aún la falta de consistencia: porque lo que entraña la oposición a la subida de impuestos es una rebelión contra la reducción de sus recursos que les parece legítima cuando no les afecta a ellos.
Una de esas leyendas que deben ser más o menos verdaderas, es esa que cuentan los periódicos acerca de la importancia del presidente de los Estados Unidos en la vida onírica de los norteamericanos: algunos confesarían en encuestas que sueñan con él. Lo cierto es que en el cine, se supone que Nixon aparte, no he encontrado una sola película de estudio o indie en la que, al final, la figura del presidente no quede salvada por mucho que pueda convertirse un hombre horrible. El Ala Oeste encarnaba como nadie el mito de que, el presidente, al final, es lo mejor que puede llegar a ser y eso sería mucho.
Esta, desafortunadamente, no es la regla en España. En efecto, hay otra España que mira hacia dentro, que tiene problemas para comunicarse en otras lenguas, que mira hacia el sector público para solucionar sus problemas, que confía en el amiguismo para conseguir negocios y subvenciones. Esta es una España donde la gente piensa más en defender derechos adquiridos que en cómo generar la riqueza necesaria para hacer efectivos estos derechos.
Estaba yo sobrecogido por un comentario de Fabián («“¿Qué tiene de diferente en estos tiempos la producción audiovisual?” (y se aplica a toda la producción cultural) y la respuesta: “estamos enterrando al viejo star system”») cuando un cruce del destino me llevó a ensañarme con Serrat. Un artista que auna una rara combinación de fortunas: la elección de soberbias rimas ajenas, excelentes arreglistas y ser muy echao palante, apreciación que me siento incapaz de justificar por qué, pero yo me entiendo. Por resumirlo, hay una época de cuatro o cinco dianas y nada más, aunque sean benditas dianas. Lo normal, es que sea mucho más que lo que cualquiera puede tener u ofrecer en su vida, así que good for him.
El destino de los mitos es ser desmontados. Al final del día, el mito no es más que un relato que se cree verdadero y que en su versión más amable sirve para soportar la insoportable levedad del ser, con permiso de Kundera. Tiene la virtud de que, al basarse en la pura creencia, puede ser reescrito a conveniencia abriendo interesantes posibilidades para el bien y el mal. La cuestión de fondo es que mitos son, y como cualquier búsqueda de la verdad – eso que llamamos con todo respeto ciencia – falsables por definición. En general, y con todas las limitaciones sobre las posibilidades reales de tropezar con la verdad absoluta, la mirada permanente y consistente a los datos y a los registros de datos, da una buena fuente para por lo menos falsar lo que termina no siendo consistente con la acumulación de datos. Y el mito se va al guano.
Titular: “El Rey y las principales escopetas de España, a la expectativa: abatido un macho montés que amenaza el récord nacional”. No duermo. Pero no contestos con eso, los detalles adquieren tintes de sospecha del peloteo más cretino o más interesado, que suele ser mejor sospecha: “Los entendidos suelen explicar que el rececho del ‘spanish ibex’, más conocido como macho montés, es uno de los trofeos más codiciados por las principales escopetas de este país. El Rey don Juan Carlos, un experto cazador de esta especialidad, fue medalla de oro durante los últimos seis años. El pasado mes de diciembre, perdió este título”. En los libros de historia nos aclaran que es pariente de Fernando VII.
Traducir wild es un acto engorroso. Porque vale tanto para salvaje como para silvestre. Para alocado y desenfrenado como para agreste o para circular a campo abierto. Cuando se dice wild west, ¿qué se quiere decir? Yo sé lo que quieren decir aquí: el viejo y salvaje oeste es un lugar sin ley en el que el revólver impone su ley sobre la ley.
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