El enlace a la escena de apertura de Newsroom es lo más clicado últimamente en este blog de acuerdo con el plugin que los cuenta. Estaba en mi perorata sobre la serie. Lo he actualizado con un mejor enlace de los disponibles en YouTube con la escena verdaderamente completa: la provocación que contiene el cierre del post, ahora se entiende mucho mejor. O eso creo yo.
¿Para qué sirve una huelga general en el siglo XXI? se preguntan por ahí. Es como preguntarse qué es la independencia en el siglo XXI. O ser editor de libros. En general, parece que nadie sabe bien cómo son las cosas en el siglo XXI. No es de extrañar. La pregunta tiene como contrapartida plantearse el siglo XX o, mejor dicho, cómo eran las cosas del siglo XX. Yo tengo un parecer: el huelguista, el independentista de nuevo cuño o el editor de libros están pensando seguramente más en el siglo XIX para elaborar su discurso y su expectativa que en el XXI y todo porque el XX probablemente era la consagración decimonónica en su máximo esplendor. Probablemente, un esplendor industrial. Nunca olvido cómo Garci escribió en los decorados de su Sesión Continua que «el cine es el sueño industrial de la era industrial». Por tanto, queda por saber cuál es el sueño digital de la era digital: probablemente algo parecido a ver Juego de Tronos, leerlo después y ponerse a jugar a lo mismo con la play por la tarde. Qué poco glamour, nos diremos.
Huelga, independencia, editorial, son palabras con glamour y brillo, pero seguramente por eso mismo son pura estética: son como anuncios que se convierten en obras de arte y abren nuestras bocas pero que no venden el producto. Interdependencia no tiene ningún glamour, como no la tiene la autonomía personal para controlar tu vida económica. O autopublicarte. La cuestión es si eso es vanguardia – oh, qué palabro tan del siglo XX – o se desvanecerá como lágrimas en la lluvia antes de ser nada, la forma que tienen de desvanecerse las cosas en el siglo XXI. Uno cree que si Ari Emanuel piensa que el crowdfunding y el crowdsourcing forman parte del futuro del entretenimiento, aunque sea hasta un millón de dólares por ahora, es que el glamour digital está a la vuelta de la esquina.
Uno siempre sospechó que durante la era del botijo como única contribución decisiva de Carpetovetonia a la tecnología punta universal, era la exportación de misioneros el único liderazgo mundial comercial digno de tal nombre que se podía alegar en tan triste entorno. Pues puede que fuera cierto y hasta no se haya perdido fuelle.
La patronal de los diarios llevaba años pensando que la solución era demandar a Google para que pagase sus pérdidas. Ahora hemos dejado de oír eso. Luego se decía que el Estado debía subvencionar a los medios y ahora con la crisis también se ha olvidado. Oiga, ¿y por qué no invierte usted en solucionar sus propios problemas? Innovación, tecnología y modificar las estructuras es la solución. No pidan al nuevo negocio, todavía inmaduro, que pague las facturas del viejo negocio, sobre todo si estas están infladas a base de estructuras, de directivos…
«Twitter se ha creado una imagen libertaria, de paladín de la libertad de expresión, gracias a servir de plataforma para dar voz a todos sin necesidad de intermediarios»
Son periodistas que viven como la última aldea que resiste al invasor: demuestran episodio tras episodio que los medios de siempre – con nombre y apellidos – se equivocan y hacen mal las noticias, que los miembros de la derecha republicana más recalcitrante son más incorrectos, falsos y mentirosos que un dólar de madera, quieren cambiar el mundo y comprueban que su propia empresa, otro maldito conglomerado de comunicación con relaciones incestuosas con la clase política, también es el mal. Lo encarna un anchorman republicano convencido que no acepta las visiones catastrofistas y deformadas de Barack Obama, el control de armas o cualquier otra cosa. La cabecera, con los Cronkite et al en perfecto blanco y negro, refuerza la idea de la recuperación de un espacio mítico en el que las noticias están al servicio del público y no de otra cosa. La duda es si no es más que una gigantesca visión romántica de lo que el periodismo fue si es que alguna vez lo fue: es como la nostalgia del nacionalista recreador de un pasado que no vivió. Es, de nuevo, Aaron Sorkin con su ingenuidad bondadosa, tan profundamente americana por otro lado, mostrándonos lo mismo que mostró en The West Wing: ese presidente moralmente íntegro, reaaaally smart, capaz de tener un premio nobel – de economía – y ser capaz de hacer un buen gobierno, el gobierno de la gente. Sin ensuciarse, salvando el mundo. O la civilización, como pretende el buen Jeff Daniels encarnando a Will McAvoy.
Hard to believe. Pero reto a cualquier guionista español a repetir la escena de apertura del episodio uno trasladado a la política española a ver si hay narices. O talento. That’s even harder.
A partir de una Administración hipertrofiada, la nueva clase política se había asegurado un sistema de captura de rentas -es decir un sistema que no crea riqueza nueva, sino que se apodera de la ya creada por otros- por cuyas alcantarillas circulaba la financiación de los partidos.
César Molinas: un señor que en un artículo en El País describe a la perfección lo que ha sido la clase política española y que tiene un futuro libro sobre ello. Es imposible no estar de acuerdo con nada de lo que dice, porque ha sido el espectáculo de quién tiene edad para recordar quiénes son los unos y los otros, de dónde se ha venido y cómo se ha adornado. Aunque, para ser honestos, uno piensa que no cuenta nada especialmente nuevo. Pero lo verdaderamente misterioso es que el diario en cuestión lo publique de modo destacado y como dando a entender, sin que parezca que no tiene nada que ver y que no ha participado en la fiesta que describe el autor. Más abajo, añade: «La política y sus aledaños se han convertido en un modus vivendi que alterna cargos oficiales con enchufes en empresas, fundaciones y organismos públicos y, también, con canonjías en empresas privadas reguladas que dependen del BOE para prosperar». El BOE, ese sitio que decide las televisiones y cómo han de ser sus cuentas de resultados, motivo por el que siempre se encontrará alguna causa indignante para echarle a un primer ministro a la cara.
Publicado en Cajón de Sastre | Los Comentarios han sido desactivados
Como sucede con Larry Lessig, la revisión de patentes y propiedad intelectual que The Economist siempre pone encima de la mesa, tiene un punto de extraño amagar y no dar. Les lees, y la descripción de los males de la propiedad intelectual son tan evidentes y rotundos que no terminas de entender por qué, al final, le perdonan la vida. Es decir: es como si el plano teórico fuera rotundo, pero pasar a la acción o sugerir que hay que dar un paso y otro paso hasta la victoria final, tuviera el mismo final marxistizante que casi sugiere el tono de mi descripción. Y eso suena mal. No descarto, claro, el sano e imprescindible escepticismo a que las cosas no sean así y la complejidad del asunto requiera más espacio y complejidad de reflexiones. Pero ambos lo tienen, sin embargo.
Unos ingenieros dicen, y uno tiende a mirar con el ojo taimado a los ingenieros, que España necesita producir. Todo ello si el periodismo no lo ha interpretado a su manera: sirva de eximente a cualquier mala intención que pueda tener un servidor sobre los ingenieros. La cuestión culmina, tras diversos y razonables argumentos sobre la necesidad de reindustrializar y consolidar un tejido empresarial de este tipo, afirmando que se trata de «una cuestión de Estado». Y es ahí donde surge mi natural proceder de fino capullo en busca del cabo suelto.
Armstrong tuvo tiempo también para responder a la pregunta favorita de los teóricos de la conspiración: ¿fue un montaje el aterrizaje en la luna? “A la gente le encantan las teorías de la conspiración”, replicó. “Me refiero a que son muy atrayentes. Pero nunca me han preocupado porque sé que, un día, alguien va a volver allí arriba y recogerá la cámara que dejé”
Salvo indicación o advertencia en contrario, el autor de todas las entradas de este blog hace devolución expresa de ellas al Dominio Público.
¿Qué se puede hacer?: puedes, sin permiso previo del autor, copiarlo en cualquier formato o medio, reproducir parcial o totalmente sus contenidos, vender las copias, utilizar los contenidos para realizar una obra derivada y, en general, hacer todo aquello que podrías hacer con una obra de un autor que ha pasado al dominio público.
¿Qué no se puede hacer?: El paso de una obra al dominio público supone el fin de los derechos económicos del autor sobre ella, pero no de los derechos morales, que son inextinguibles. No puedes atribuirte su autoría total o parcial. Si citas los artículos o utilizas partes de ellos para realizar una nueva obra, debes citar expresamente tanto al autor como el título. No puedes utilizar este blog o partes de él para insultar, injuriar o cometer delitos contra el honor de las personas y en general no puedes utilizarlo de manera que vulnere los derechos morales del autor.